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TESIS DE ACCESO

II

CUERPO TEÓRICO

1

«Yo soy» el Abogado de Jesús

Reapertura del Juicio

Interrogatorio al Acusado

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INTRODUCCIÓN

    M ucho se ha escrito sobre el lenguaje de la Kábala, pero nadie se ha preocupado de investigarlo; y al igual que las Ciencias Ocultas en general, su utilización ha consistido en un modo de filosofar sobre Dios, pero sin presentar nunca unas respuestas válidas a las consiguientes interrogantes filosóficas. Eso sí, todos y cada uno de los presuntos conocedores de dicho lenguaje, desde su punto de vista particular, creen poseer la Verdad Universal, pero esto se contradice con la incapacidad que muestran para alcanzar un mínimo acuerdo sobre la misma. Por que en definitiva, solo hablan del «cielo» y no comprenden que es en esta tierra llamada «caos», donde debemos encontrar las soluciones.

         Antes de nada, quiero advertirte que éste no es un texto religioso, a pesar de utilizar el mismo vocabulario; y que está lejos de mi pretensión herir los sentimientos de nadie. A lo único que aspiro es al esclarecimiento del engaño en el que hemos estado sumidos durante siglos por las doctrinas de maestros y sacerdotes de todas las religiones que no han sabido interpretar el sentido autentico de las enseñanzas y libros que recibieron de sus verdaderos maestros. Es más, pienso que su principal objetivo ha sido y es el de mantener al hombre «ciego» y «sordo», alimentando la ignorancia de éste con la creación de dioses que usan para provecho propio. 

         Por eso mi papel aquí va a ser el de defender al Hombre, Jesús de Nazaret, pero a un hombre singular que dijo representar al hombre siendo al mismo tiempo Dios, hecho que le llevó a ser juzgado como Jesús El Cristo. Voy a ser el defensor de Jesús, tal como lo haría hoy día un abogado de nuestro tiempo.

         EL caso de Jesús El Cristo, es el expediente más largo de la historia escrito por los hombres, ya que, todavía, el Hijo de Dios no ha sido juzgado por falta de abogado. Y ni tan siquiera los mismos Doctores de la Iglesia, por basarse únicamente en la interpretación más o menos literal de los escritos transmitidos por los Apóstoles de Jesús, han hecho nada en este sentido.

         Este abogado ha tenido que estudiar minuciosamente el expediente de su defendido, pues el procesado ya estaba condenado de antemano en un juicio al que no acudieron ninguno de sus amigos, ni incluso Lázaro al que tanto quiso e hizo resucitar, ni tampoco persona alguna curada por Él. Y es que todo lo que había de ocurrir estaba ya escrito, y era conocido por Jesús, que para su cumplimiento, dejó las instrucciones para la defensa a sus apóstoles en un lenguaje cabalístico, de modo que no pudiese ser comprendida y destruida ninguna prueba hasta el día en el que se revisara su causa. Les dijo también, que llegado el tiempo, enviaría a su abogado para enseñarles a comprender lo que hasta el momento no habían podido hacerlo. Esta es la razón por la que nadie hasta ahora ha apelado al tribunal para la revisión de este caso, pues de haberlo hecho hubiese sido también crucificado. 

         Mi misión es por tanto, es la de presentar nuevas pruebas que puedan ser admitidas por toda la humanidad. Los únicos que se opondrán a mi defensa serán los fanáticos que por sus hechos se reconocerán como los enemigos de aquel a quien dicen defender, y así lo podrán comprobar al conocer el verdadero lenguaje de Jesús. Ese lenguaje oculto que Jesús utilizó está recogido en la Biblia en forma de claves, que una vez descifradas, he tenido que transcribir al lenguaje de los hombres. Y la clave fundamental para su defensa es la palabra «Fe», que en el caso de la Religión Cristiana, al igual que ocurre con las otras religiones del mundo, ha perdido todo su fundamento por carecer de argumentos científicamente demostrables. Tanto es así, que la única referencia para los cristianos se reduce a los escritos de los cuatro Evangelistas, que a su vez se basan en los del pueblo hebreo; y ésta puede considerarse también como la causa principal que ha propiciado su progresiva división en sectas: Católicos, Protestantes, Bautistas, Evangelistas, Testigos de Jehová...etc.

         Por eso si solo fuese cuestión de dicha fe infundada, y como he dicho, se trata de un Juicio Universal que incumbe a toda la humanidad, bastarían los fieles de cada una de las otras dos grandes religiones del planeta por separado, ya sean Budistas o Mahometanos, para superar en número a los testigos cristianos, con lo que el juicio contra Jesús estaría irremisiblemente perdido.

         Y con lo arriba expuesto, estimad@ lector, no estoy posicionándome a favor o en contra de ninguna secta, mi única pretensión, y lo repetiré cuantas veces sea necesario, es defender el libro de Jesús, siguiendo el procedimiento de un juicio normal. Un juicio donde tanto el abogado defensor como el fiscal muestren sus respectivas pruebas, el uno para demostrar la inocencia de su defendido y el otro obviamente para lo contrario. En un tribunal que desestima el fanatismo religioso, constituido por personas como tu, que tendrán ocasión de comprobar la veracidad o falsedad de dichas pruebas y actuar como jueces. 

         Por todo ello te ruego, que antes de emitir tu veredicto final, leas con paciencia y detenimiento este informe, donde se presentarán las pruebas de la defensa, primero de forma general, a modo de introducción, y después, con todo el rigor científico que requiere su verificación. En caso de no gustarte, es mejor que te abstengas de hacerlo, pues como ya he señalado antes no pretendo herir los sentimientos de nadie. Aunque también es cierto, y esto resulta inevitable al tratarse de un juicio, que muchas personas se sentirán heridas al tener que cambiar su opinión previa a cerca del procesado.

Manuel Villar Fernández 6 6 9

1
EXPEDIENTE Nº 1 DEL CASO DE JESÚS DE NAZARET, EL CRISTO

1.1. ACTA DE ACUSACIÓN

         El ministerio fiscal formula el presente Procedimiento Sumarísimo nº1 instruido contra el procesado Jesús de Nazaret, alegando las pruebas de acusación que constan en el testimonio escrito de los siguientes escribientes presentes en el juicio:

              — 1º San Mateo

              — 2º San Marcos

              — 3º San Lucas

              — 4º San Juan

1.1.1. Acusadores:

              — El Pontífice Caifás

              — Los Príncipes de los Sacerdotes

              — Los Ancianos del Sanedrín

              — Los Escribas

              — Los Fariseos

1.1.2. Acusación:

         Fue presentada por los Príncipes de los Sacerdotes acusando al procesado de autodenominarse Rey de los Judíos, identificarse como el Mesías libertador del pueblo Judío y afirmar ser capaz de destruir el Templo de Dios y levantarlo en tres días.

         Dicha acusación fue presentada ante Pilatos, gobernador romano de Judea en tiempos de Tiberio, quien sometió a interrogatorio al Acusado, tal como se recoge en los escritos del Evangelio (San Mateo: 27, 11-14; San Marcos: 15, 2-5; San Lucas: 23, 1-7; y San Juan: 18, 28-38), de los cuales extraemos parte del escrito de San Lucas (23, 1)

         «...1 Se levantó toda la asamblea, lo condujeron ante Pilato y comenzaron a acusarlo diciendo: “Nosotros hemos encontrado a éste agitando a nuestra nación, impidiendo pagar tributo al César y diciendo que Él es el Cristo Rey”.»

         Por tratarse de la revisión del sumario de un hombre que fue condenado a la pena de muerte sin haber tenido un abogado defensor, y teniendo en cuenta el Código Penal Romano regulador de dicho proceso, según el cual, ningún procesado puede ser condenado sin contar con su abogado defensor, ha sido necesaria la reapertura de este sumario durante el presente año 1986 para investigar el posible error judicial y reivindicar cuando menos la inocencia del Acusado, ante la imposibilidad de devolverle la vida. De ahí que el fiscal de este caso se haya visto obligado a buscar más datos sobre el procesado, encontrando esta información en los denominados Evangelios Apócrifos.

1.1.3. Expediente del Acusado

         1.1.3.1. Datos personales:

              — Nombre: ....Jesús

              — Apellidos:.....................

              — Nació en: Belén de Juda

              — Provincia: Palestina

              — Hijo de: José y de María

              — Profesión: Carpintero

         1.1.3.2. Auto de Detención:  Entregado a Poncio Pilatos, gobernador de Judea en tiempos de Tiberio y Herodes Antipas, tetrarca de Galilea.

         1.1.3.3. Parte Acusadora:

              — Los Sacerdotes 

              — Los Escribas 

              — Los Fariseos

         1.1.3.4. Motivos de la Acusación: Se le acusa de seducir al pueblo Judío a levantarse en armas contra el Imperio Romano.

         1.1.3.5. Parte Defensora:

              — Abogado Defensor: No lo tuvo

              — Testigos: Ninguno se presentó al Juicio

              — ¿Qué alegó el Acusado en su defensa ante dichas acusaciones? El Acusado ni negó, ni afirmó dicha acusación.

         1.1.3.6. Sentencia del Juicio: Condenado a morir...Crucificado.

1.2. EL JURADO

         Es un jurado universal, cuyos miembros representan a todas las creencias religiosas, filosofías y tendencias políticas del mundo, para que un hombre que fue juzgado hace mil novecientos ochente y seis años y en espera de la revisión de su caso, pueda ser nuevamente juzgado por el hombre de nuestro tiempo, evitando cualquier pasión y fanatismo político o religioso que puedan enturbiar la vista del presente juicio.

         Muchos son los errores que han sido cometidos por los jueces en sus sentencias a lo largo de la historia del hombre, pero si existe algún caso todavía no cerrado para el que se continúa pidiendo justicia hasta hoy, éste es el de Jesús. Y la permanencia de su recuerdo se ha debido en gran parte a las enseñanzas de la Religión Cristiana que rememora día tras día la muerte de Jesús por medio del símbolo a un hombre clavado en una cruz.

         Jesús, sabiendo que los hombres no iban a proceder con justicia y ante la irreversibilidad de su muerte, dejó un testamento con todas las instrucciones para su defensa, en la Biblia.

         Señores del jurado, estimado lector; yo no soy ni letrado, ni teólogo, ni filósofo, ni tan siquiera escritor; por eso las palabras de este libro se parecerán mucho al lenguaje coloquial que el pueblo utiliza en nuestro tiempo, y todo lo que aquí quede escrito podrá ser comprobado por cualquiera en la biblioteca pública más cercana a donde viva. 

         Trato de decir, en definitiva, que es un expediente que está al alcance de todos los señores del Tribunal, y que conforme se desarrolle el juicio y a través de las pruebas que aporten tanto el Ministerio Fiscal como la Defensa, podrán contar con las suficientes argumentos para ofrecer un veredicto justo según su conciencia.

1.3. ADVERTENCIA DEL MINISTERIO FISCAL

         Señores del jurado, como Fiscal de este caso y antes de comenzar con las pruebas que constan en mi poder, tengo que clarificar algunas cuestiones referentes a mi persona y al papel que el escritor me ha encomendado en este Juicio.

         Personalmente soy creyente de Jesús, pero ante la función de Fiscal que he de desempeñar, no me queda más remedio que atenerme a las pruebas de que dispongo para poder resolver este caso con la mayor imparcialidad posible. 

         Del mismo modo, y en lo concierne a su obligación en este Juicio, les pido que estudien el caso del modo más aséptico, anteponiendo siempre la justicia de la sentencia a cualquier brote de pasión o fanatismo que se derive de sus creencias religiosas o políticas.

1.4. VISTA DEL CONSEJO

         Imagínese lector, que está en una sala cuadrada ante un estrado y una mesa, tras la cual aparece un Juez ficticio sentado en un sillón, con una balanza y una espada. Este Juez es un anciano de larga barba blanca y rostro bondadoso que preside el Consejo, pero cuyo semblante muestra una mueca de tristeza por conocer los pensamientos de todos los asistentes.

         Frente a la mesa del Señor Juez y en el lado derecho, se encuentran los señores que formularon la acusación: Los Sacerdotes, los Escribas y los Fariseos; en este mismo lado y más hacia el centro tenemos al Fiscal. Con la misma disposición y al lado izquierdo, los lugares vacíos de los testigos y al Abogado Defensor. Tras estos y en la zona central se sitúa los cuatro Evangelistas.

         Junto a los cuatro Evangelistas y en el mismo centro de la sala una gran cruz con un hombre clavado que representa al Acusado.

         De la mitad hacia el otro extremo y separados por un pasillo central tenemos a los 72 ancianos que ocupan los asientos destinados al público. Por último, al fondo de la sala, en el lado opuesto al Juez y sobre un palco que permite ver con detalle toda el lugar, aparece el Jurado.

         Sin más preámbulos podemos dar comienzo al juicio, no sin antes recordarles, señores del Jurado, que no olviden mis advertencias, y que Dios ilumine sus mentes cuando tengan que dar el veredicto.

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SESIÓN 1ª: SE ABRE LA SESIÓN, ESPAÑA A 1986

2.1. VISTA ORAL

         Juez Presidente (J).—Se concede la venia al señor Fiscal para la lectura del apuntamiento.

         Fiscal (F).—Con la venia, señor. Se abre la causa de revisión del juicio celebrado contra el procesado Jesús de Nazaret, condenado a muerte en el Año 33 por el Gobernador de Judea Poncio Pilatos y el Tetrarca Herodes Antipas

         A continuación, el fiscal se dirige a los señores del Jurado para recordarles las características especiales del juicio que va a comenzar:Con la venia, señor. Quisiera, si no hay inconveniente, interrogar primero a la testigo.

         (F).—Con la venia, señor. Señores del Jurado, tengo que recordarles que aquí no se está juzgando al procesado; esto ya se hizo hace 1986 años. El objeto del presente juicio es revisar el acierto o error en el veredicto de aquel, y demostrar si así procede, la inocencia del Acusado.

         Tras una pausa el Fiscal avanza hacia el Acusado y señalándole con el dedo añade.

         (F).—Señores del jurado, voy a demostrar que este hombre tenía muchas pruebas en su contra; tanto es así, que me atrevería a afirmar que fue Él mismo quien se condenó a muerte.

         Una segunda pausa y el Fiscal observó la reacción que producen sus palabras en los rostros del jurado, mientras un silencio sepulcral invadió la sala, durante segundos que se viven como una eternidad. De pronto, el murmullo creciente, semejante al rugido de un león, rompió el silencio; los componentes del jurado se habían enzarzado en una calurosa discusión. La intervención del Juez no se hizo esperar y su maza resonó tajante, advirtiendo seguidamente:

         (J).—¡Señores del jurado! Tengo que advertirles que guarden su compostura. Comprendo que se hayan sentido alterados por las palabras del Fiscal, pero también deben comprender ustedes que no hace más que cumplir su deber como fiscal. Espero no tener que llamarles la atención nuevamente.

         Tras estas palabras el jurado recobró la calma y la sesión prosiguió su curso con normalidad, al tomar nuevamente la palabra el Fiscal.

         (F).—Con la venia, señor. Pido autorización para interrogar a los testigos del Ministerio Fiscal.

         (J).—Se concede.

         (J).—Que suba al estrado el primer testigo.

         (J).—Identifíquese.

               —Poncio Pilatos, gobernador romano de Judea en los Tiempos de Tiberio.

         (J).—Se le exhorta a decir la verdad.

         (F).—Con la venia, señor. ¿Por qué condenó a muerte al Acusado sin darle tiempo a preparar su defensa?

               —Cuando me trajeron al Acusado, yo hice lo posible por evitar su muerte; por eso, al no obtener ninguna respuesta con mi interrogatorio, seguí insistiendo; más era inútil...

         (F).—Entonces, ¿Por qué le condenó a muerte si sabía que era inocente?

              —Sr. Fiscal, yo no le condené a muerte por la primera acusación de actuar como maleante y hacerse pasar por el Hijo de Dios, pues éstos no eran para mí delitos merecedores de la última pena. Por eso, sabiendo que Herodes estaba en Jerusalén por aquellos días y como tetrarca habilitado por el emperador que era, además del cargo de gobernador de toda la Galia que ostentaba, opté por enviarlo a él para que lo juzgase con sus leyes, pues todo ellO hacía ser considerado con un rango semejante al de rey en el gobierno de los judíos. Sin embargo, su decisión fue idéntica a la mía, y me lo devolvió acompañado de un escrito donde me indicaba no encontrar ningún delito en aquel hombre y me encomendaba a que hiciese por Él lo mejor que pudiese.

         (F).—Entonces, ¿Condenó usted a muerte al Acusado por temor a los sacerdotes?

               —¡No! no fue por temor a los sacerdotes; aunque sí debido a ellos, pues la nueva acusación que presentaron contenía las pruebas suficientes para esa condena.

         (F).—¿Qué pruebas son éstas?

               —Le acusaron de sublevar al pueblo contra el imperio de Roma.

         (F).—Y usted, ¿Qué hizo al oír la nueva acusación?

               —Lo primero que hice fue informarme más a fondo consultando a mis oficiales; éstos me pusieron al corriente de sus andanzas al decirmeque de unos tres años a esta parte, se comentaban entre el pueblo las obras de un hombre llamado Jesús de Nazaret que recorría los pueblos y aldeas pregonando una nueva religión, a la vez que realizaba curaciones y resucitaba a los muertos entre las grandes muchedumbres que le seguían. Pero tampoco parecía haber nada anormal en esto, pues según los mismos informes de mis espías, se trataba de uno de tantos profetas que tiene este pueblo, como es bien sabido. Un pueblo ciertamente extraño y difícil de gobernar, con una religión no menos rara cuyos sacerdotes pregonan la existencia de un dios que les otorgó esta tierra, con la promesa de enviar a un Mesías para liberarlos del yugo de los «gentiles» (Mt. 4,15; 6,7; 6,32; 10,5; 10,16; 20,19). De ahí que, de haber considerado como delito dichas premisas, me hubiera visto obligado a detener y condenar a todos los profetas, adivinos, curanderos y magos, además de la totalidad de los ciudadanos de Judea; pues Jerusalén era el centro aglutinador de todas las religiones.

         (F).—Entonces, ¿a usted no le preocupaba que el Acusado se hiciese pasar por el Hijo de Dios?

               —¡No! esto no suponía ningún peligro para el Imperio ya que el pueblo romano, a diferencia del anterior, nunca ha rechazado ningún dios; y menos si, como parece ser el caso, hacía curaciones. Con tal de que no interviniese en política o se manifestara contrario al Imperio...Por eso propuse a los sacerdotes que fuesen ellos mismos quienes lo juzgasen, pero denegaron mi propuesta aduciendo que sus leyes carecían de potestad para condenarlo y que esa era la razón por la que me lo mandaban.

         Después de una pausa, el testigo continuó con su relato:

              —Como sabrán ustedes, durante aquellos tiempos, Palestina y Galia eran zonas de mucha turbulencia social, donde las revueltas y motines se sucedían con frecuencia. Como máximo responsable del orden público mi misión era la de apaciguar cualquier desorden con mano dura; pero los sacerdotes, que trataban siempre de indisponerme con el Senado de Roma, encontraron la coartada perfecta para obligarme a secundar sus propósitos: me advirtieron que si no condenaba al procesado, provocarían una gran rebelión en Jerusalén y me culparían de no haberles escuchado cuando me advirtieron que era éste el principal cabecilla. Ante estas presiones, mandé llamar al Acusado y le pregunté: «...11...“¿Es verdad que tu eres el Rey de los Judíos?”...»; El me respondió: «...“Tú lo dices”...». Y se quedó silencioso, por más que yo insistía en que me diese una respuesta negativa. Como continuaba en silencio, le dije: «...13...“¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”...» (Mt. 27, 11-13), pero Él no cambió de actitud. Entonces llamé al jefe de mi policía y le dije: «Infórmame de todo lo que hizo este hombre», a lo que él me contestó: «Hace unos días vimos a éste hombre entrar en la ciudad montado sobre un asno, mientras la gente le aclamaba como el enviado del rey David. Esto me pareció a mí una burla para el pueblo judío, pues el rey David hace muchos años que dejó de existir y este hombre que aparenta  unos treinta y cinco años o como mucho cuarenta, no era posible que fuese su hijo.» Todo esto generó en mí ciertas sospechas y decidí vigilarlo: así pude comprobar que siempre iba rodeado de doce hombres, apóstoles, y frecuentaba amistades de baja reputación, además de mostrar un don de gentes poco habitual. Un día en las afueras de Jerusalén le vimos congregando a cerca de cuatro mil personas, y en otro la cifra podría rebasar las cinco mil. Lo que no logramos por mantenernos a una distancia prudencial, fue escuchar lo que les hablaba, aunque si pudimos ver como los reunía de dos en dos y los enviaba comunicándoles ciertas consignas. Más tarde, nos enterarnos por boca de una de esas parejas, que les mandaba recorrer todo el territorio para divulgar este mensaje: «Decid en todas partes que esta cerca el reino...» (Lc. 10, 8). En otra ocasión, nos llamaron los sacerdotes denunciando que éste hombre y los apóstoles habían entrado en el templo y agredieron a las masa de vendedores y cambistas dando gritos de amenazas y destruyendo todos sus puestos y mercancías (Jn. 2, 14-25); pero para cuando llegamos nosotros ya habían desaparecido. Y al interrogar a las gentes sobre lo sucedido, recogimos opiniones muy diversas que podrían resumirse en estas dos: mientras unos veían en Él a un profeta que hacía milagros, realizaba curaciones y resucitaba a los muertos, otros lo consideraban más como un revolucionario que quería liberar al pueblo judío de la esclavitud de los romanos. Personalmente me parece un hombre muy sospechoso que no está bien visto entre los sacerdotes y escribas, y cuyas únicas amistades son prostitutas y gente de mal vivir; es todo lo que puedo decir de Él. Esta es toda la información que disponía sobre este hombre, y cuando le pregunté si tenía algo que decir en su defensa, ni negó ni afirmó las acusaciones que el mismo acababa de escuchar.

         (F).—¿No hubo durante este interrogatorio ningún seguidor que saliese en su defensa?

               —¡No!

         (F).—¿No mandó buscar a alguno de los doce que siempre le acompañaban?

               —¡Sí! Ordené buscarlos entre la muchedumbre y uno de mis hombres vio al que parecía ser su jefe, pero éste negó repetidas veces, conocerle (Jn. 18, 25-27); y en cuanto al resto, lo cierto es que tampoco se presentó ninguno.

         (F).—Entonces, ¿cómo pudo usted condenarlo, sí carecía de defensa?

               —No tuve otra opción, aunque hice lo posible por salvarle de la muerte. Por aquellas fechas se celebraba la Pascua y con este motivo era costumbre soltar a un preso que tuviese el beneplácito del pueblo. Yo les presenté a Jesús junto a Barrabás, un asesino que todos conocían, aconsejándoles que se decidiesen por el primero; pero optaron por el último. Por eso, impotente ante lo irreversible de la situación, pedí que me trajesen una jofaina de agua y me lavé las manos delante del pueblo diciéndoles: «...24...“Yo soy incente de esta sangre ¡Vosotros veréis!”...» Y ellos me respondieron diciendo: «...25...“Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”...» (Mt. 27, 24-25).

         (F).—No logro entender todavía su postura, después de lavarse las manos y de reconocer como reconoció públicamente, su inocencia.

               —¡Sí! trataré de aclarársela mejor. Como hombre, mi conciencia sabía que era inocente, pero como Gobernador Militar de un pueblo sometido del Imperio Romano, no tenía más remedio que condenarlo a la última pena. Esto explica por qué el hombre, al construir las leyes en función de sus intereses, se sentirá siempre atado a las mismas y será incapaz de hacer justicia.

         (F).—He terminado, señor.

         (J).—¿Desea interrogar la defensa?

         Abogado Defensor(A).—Con la venia de la presidencia. Señor Poncio Pilatos, ¿cómo se explica que teniendo usted desavenencias con el Tetrarca Herodes, después del juicio y condena de mi defendido hiciese las paces con Él?

               —Los historiadores han tenido siempre por costumbre, relatar la historia desde el punto de vista de los vencedores; y en este caso, dichos historiadores eran cristianos que escribieron muchos años después de que cayese el imperio de los césares (del que terminarían  adueñándose más tarde esos mismos cristianos), cuyo desconocimiento a cerca de la historia del Pueblo Judío era casi completo. De ahí que, a mí como romano, no me tratasen nada bien en sus escritos; y la fama de violento y sanguinario que me pusieron señalándome como el culpable de la muerte de Jesús, es un error debido a su ignorancia ya que en ningún momento fui yo el Juez.

         (A).—¡Por favor! ¡Aténgase únicamente a la pregunta que le he dirigido!

              —¡Perdone!, pero para responder con sentido a su pregunta, tengo que hacer antes un poco de historia, de modo que estos datos, unidos a los religiosos que ustedes solo conocían hasta ahora, les permitan descubrir la verdad de lo que sucedió. Ya he señalado antes, que mi misión como Gobernador de Judea, consistía principalmente en mantener el territorio en paz; pero con este pueblo que no aceptaba ninguna ley que no fuera la suya propia, eso resultaba tan difícil como retener el mar en un cesto. De ahí las continuas rebeldías y tumultos para los que nada servían las buenas palabras o el diálogo, obligándome la mayoría de las veces a una intervención contundente y represiva. Todo ello era conocido por Herodes, pero no movía un dedo para ayudarme, a pesar de mis constantes quejas recordándole sus deberes cono Tetrarca de Palestina; Él siempre se justificaba alegando que ya tenía bastante con atender los asuntos religiosos del pueblo judío cuidando sus relaciones con los sacerdotes y el sanedrín. Y ante mi solicitud de que me diese cuando menos los nombres de los cabecillas de las revueltas, se negó arguyendo que como Judío, debía respetar una ley que le prohibía traicionar a los de su raza. Esta última negativa supuso la ruptura con Él, y decidí actuar por mi cuenta para acabar con la violencia, pues en caso de no conseguirlo me sustituirían por otro gobernador; y entonces sí que este pueblo sería aniquilado por la espada y el fuego. La realidad es que el no quiso reconocer lo que yo le aconsejaba, pero como comprobaremos más adelante, el tiempo terminaría dándole la razón.

         (A).—Muy Bien, ya tenemos un relato interesante e históricamente demostrable que explica sus desavenencias con Herodes; pero todavía no ha respondido a mi pregunta y le agradecería que continuase manteniendo la referencia histórica: ¿Por qué luego, se hizo amigo de Herodes?

               —Cuando finalizó la fiesta de los judíos sentí curiosidad por conocer el motivo de Herodes para no juzgar al Nazareno, y el me lo aclaró diciendo: «Amigo Poncio, gracias a ti, se ha cumplido la promesa hecha al pueblo de Israel.» Yo me quedé estupefacto y al observar mi expresión de asombro, añadió: «Ahora voy a contarte la auténtica historia de este hombre. Recuerda que cuando me enviaste a Jesús para que lo juzgase, vestía como un malhechor y yo en cambio te lo devolví bien vestido diciéndote que no encontraba culpa alguna en Él...» (Lc. 23, 7-12). Así prosiguió contándome toda la historia y el misterio de ese hombre, durante las frecuentes reuniones que comenzamos a realizar desde entonces para hablar sobre el tema. Y de aquí vienen también, todas las envidias y habladurías de los cristianos.

         (A).—¿Eso ha sido todo?

               —¡Sí!

         (A).—He terminado, señor.

         (J).—Puede retirarse el testigo. ¿El señor fiscal desea continuar con algún otro testigo?

         (F).—Con la venia, señor. A este ministerio le interesa interrogar al segundo testigo, Herodes Antipa.

         (J).—Concedido ¡Qué pase el segundo testigo!

         (J).—¡Preséntese al Jurado!

              —Mi nombre es Herodes Antipa, Tetrarca de Galilea.

         (J).—Se le exhorta a decir la verdad.

         (F).—Con la venia, señor. ¿Sabe por qué está usted aquí?

              —¡Sí!

         (F).—¿Conoce usted al Acusado?

               —¡Sí!

         (F).—Cuéntenos que ocurrió aquel día con el Acusado.

               —Estando yo en Jerusalén para pasar las fiestas de la Pascua, el gobernador de Judea, Poncio Pilatos, me envió a un preso galileo, perteneciente por tanto a mi jurisdicción, para que lo juzgase. Las acusaciones que sobre Él recaían, procedían de los sacerdotes del templo, acusándole de presentarse como Hijo de Dios; motivo éste de carácter religioso y no civil, por eso deseaban que yo lo juzgase.

        (F).—¿Qué hizo usted al conocer la acusación?

             —Lo primero que hice fue mandar que lo trajeran ante mí para interrogarle a cerca de la misma. Además, tenía muchas ganas de conocerle personalmente, pues sabía muchas cosas sobre lo que este hombre contaba.

        (F).—¿Cual fue su pregunta y que respuesta le dio el Acusado?

             —Después de examinarlo detenidamente durante unos instantes, le pregunté: «¿Eres tu eres el Mesías que esperamos?» Pero Él bajó su mirada sin responderme.

         (F).—¿Eso fue todo?

               —¡No! Continué haciéndole más preguntas, pero esta vez en un lenguaje que solo conocían los iniciados: el lenguaje que Abraham recibió directamente de Dios.

         (F).—Entonces, usted y el procesado, ¿tuvieron una conversación en un lenguaje que nadie más comprendió?

               —¡Sí! Pero no es como ustedes se imaginan. No es que yo le hablase con distintas palabras a las del hebreo que todos los allí presentes podían entender; lo que ocurría era que dichas palabras con las que yo preguntaba, tenían además del significado convencional, un significado oculto que solo Él podía comprender.

         (F).—¿Podría repetir nuevamente aquellas preguntas?

               —Una de las preguntas que le hice fue la ya mencionada de si Él era el Mesías; otra que también le dirigí fue la de si Él era el Cristo; y una última pregunta que le formulé fue si había llegado la hora.

         (F).—Y, ¿cómo supo usted que el Acusado le había comprendido?

               —Por su silencio.

         (F).—Entonces, ¿por qué no evitó su muerte?

               —Ustedes los gentiles o cristianos no pueden comprender las Sagradas Escrituras, ya que están escritas en un lenguaje únicamente accesible a unos pocos a los que Dios a dado el Don del Espíritu Santo para que puedan interpretarlas.

         (F).—¿Quiere usted decir con ello que no sabemos interpretar la Biblia? —le preguntó elevando algo más el tono de su voz.

              —¡Sí! —respondió con cierto pesar.

         Ante la franqueza de la respuesta, el fiscal quedó ensimismado unos instantes, pero recobró inmediatamente el hilo del interrogatorio tras efectuar una advertencia firme de no entrar en temas religiosos.

         (F).—Continuemos el proceso sin entrar en temas religiosos. Retomando la pregunta precedente: ¿Porqué consintió que fuera ejecutado sí no tenía dudas a cerca de su inocencia?

              —Él era el hombre elegido para ser Cristo y yo tenía que reconocerlo entre todos los falsos profetas que abundaban por aquellos tiempos; Él debía ser el verdadero Cristo y ante esto no cabía duda o error alguno.

         (F).—¡Con más razón entonces!, no comprendo como no le salvó, sabiendo que era el Cristo.

               —Esto es algo que los gentiles y cristianos nunca podrán entender. Y la causa principal es que siguen obcecados con la idea de que fuimos nosotros los judíos los culpables de la muerte de Jesús, cuando lo cierto es que dicha sentencia vino por parte de los gentiles. Muy distinto hubiera sido todo, de conocer los cristianos el lenguaje de Jesús; se hubiera evitado mucho derramamiento de sangre.

         (F).—¡Sigue sin responder a mi pregunta! —insistió con manifiesta impaciencia.

               —Si no pude salvarlo es por las graves acusaciones que presentaba según las leyes romanas y la carencia de poder que tenía yo ante ellas.

         (F).—Entonces el procesado era culpable.

               —¡Sí!, ante las leyes romanas, pero ante nuestras leyes, en cambio, era inocente. Por eso lo envié ente el gobernador Poncio Pilatos con un mensaje donde le decía que lo juzgase según su criterio.

         (F).—He terminado con el testigo, señor. Pero antes de que se proceda con la defensa, quisiera hacer una síntesis de lo expuesto por ambos testigos para facilitar la comprensión del jurado.

         (J).—Concedido.

         (F).—Dirigiéndose a los señores del Jurado— Señores del Jurado, ya han escuchado las declaraciones de los dos testigos. Y de todo lo dicho se desprende que el Acusado estaba condenado a morir según las leyes romanas, por sublevar al pueblo contra el Imperio Romano...

         Terminada su certera exposición, el fiscal cede la palabra a la Defensa que comienza haciendo una advertencia al Jurado, sobre la posibilidad de que alguno de sus miembros desconozca el lenguaje que va a utilizar en su interrogatorio:

         (A).—Con la venia, señor. Señores del Jurado, pongan mucha atención a las preguntas que voy a dirigir al testigo y eviten hacer juicios antes de tiempo, pues están realizadas en un lenguaje que muchos de ustedes no comprenden por no estar familiarizados con el tema al que se refiere, aunque no me cabe duda de que también habrá entre ustedes quien lo conozca. También es posible que sea conocido por aquellos que estudian las Ciencias Ocultas, los Astrólogos y los que se dedican a leer el porvenir con los Arcanos del Tarot. Vamos tratar sobre las Mitologías de todos los países del mundo; cuentos y leyendas que guardan todo el secreto que dejó mi defendido para su defensa.

         Una vez hecha la aclaración, el Abogado Defensor aparta su mirada de los rostros expectantes del Jurado, para comenzar el interrogatorio al testigo.

         (A).—Usted ha mencionado que mi defendido hablaba en un lenguaje distinto al de los hombres y que usted mismo le habló en Hebreo, pero todos sabemos que en los tiempos de Jesús se hablaba el Arameo. ¿Era este el idioma al que antes se refería?

               —¡No!

         (A).—¿Podría explicarnos entonces cual es el misterioso idioma?

               —El idioma en el que le hablé no es de este mundo, por eso dijo también Jesús que Él no era de este mundo; y esta era la razón de que hablase en parábolas, «...11...“para que viendo no vean y oyendo no entiendan,”...» (Mc. 4, 10-12). Esta es una lengua que está materializada en los monumentos más antiguos del mundo; en los números que describen sus dimensiones; de ahí su apelativo de Lengua Universal. En la Biblia aparece como la «lengua» (G. 11) que hablaban los hombres antes de «la confusión de las lenguas» y solo puede ser conocida por aquellos que Dios elige para que la aprendan.

         (A).—Entonces, los que estamos aquí ¿no podremos entender lo que usted nos diga en ese idioma?

               —Así es; no lo comprenderían.

         (A).—Siendo así, le haré otra pregunta. ¿Por qué vistió a mi defendido con ropas nuevas y vistosas? ¿Fue para burlarse de Él?

               —¡No!, no fue ninguna burla; es parte de este lenguaje que ustedes no comprenden. El vestirlo con ropas vistosas era la señal que indicaba a los sacerdotes del Sanedrín y los ancianos, que se trataba del hombre esperado y había llegado su hora.

         (A).—¿Se puede afirmar por tanto, que había un acuerdo unánime entre todos para sentenciarlo a muerte?

               —Veo que continúan todavía sin conocer el lenguaje en el que habló Jesús. No han comprendido nada de lo que les he relatado.

         (A).—Todos hemos entendido lo que nos ha dicho; que ustedes lo condenaron a muerte siendo inocente.

               —Ustedes han entendido una cosa y sin embargo yo he dicho otra. Los sacerdotes y ancianos en cambio sí conocían este lenguaje y actuaron en consecuencia; del mismo modo, Jesús, al percatarse de que le habíamos comprendido, supo también que el Imperio Romano tocaba a su fin.

         (A).—Pero, ¿qué tienen que ver mi defendido y este juicio con la caída del Imperio Romano? Explique por favor al jurado en que consistía dicho lenguaje; ¿cómo podían comunicarse esas cosas entre ustedes hablando normalmente?

               —Para que los señores del Jurado puedan comprender este lenguaje tengo que hacer un relato histórico que empieza en la cruz y termina el presente año 1986. Además de eso, será imprescindible que ustedes busquen las claves del mismo donde yo les indique.

         (A).—Bien, cuéntenos toda la historia de mi defendido para que el jurado pueda afinar mejor su veredicto.

               —Señores, imagínense realizando un viaje a través del tiempo que les lleva hasta Palestina, justo a la época en que Jesús comenzó su vida pública. Pero les advierto que no lo hagan desde la versión transmitida por los sacerdotes de la religión católica; traten en cambio de superarse con un pequeño esfuerzo mental, para ponerse en la situación del que escucha esta historia por primera vez. Ahí tienen una Biblia; todo lo que tienen que hacer es buscar las palabras clave que yo les iré diciendo; de esta manera, es muy posible que lleguen a ver y comprender todo el misterio del Hijo del Hombre.

         Después de un breve silencio el testigo prosiguió el relato y dijo:

              —De ahora en adelante ya no usaré más el apelativo de Católicos; y para que nadie se de por ofendido y pueda comprender la historia los llamaré por su nombre: «Gentiles» (Mt. 4,15; 6,7; 6,32; 10,5; 10,16; 20,19). Este es el verdadero nombre de los habitantes de este planeta, pues así es como se los conoce en otras partes del universo.

         En esto se levantó el Fiscal de su asiento, e interrumpiendo el relato del testigo dijo con voz indignada al Juez:

         (F).—Con la venia, señor. Aquí estamos para juzgar al Acusado, no para que nos cuenten la historia de un pueblo como si de un viaje de Ciencia Ficción se tratara; y menos cuando el que la cuenta, es testigo del Ministerio Fiscal. Por todo ello solicito que la Defensa suspenda ese procedimiento y se atenga únicamente a los hechos.

         (J).—Escuchemos primero la opinión de la Defensa; ¿considera necesaria la historia de Ciencia Ficción que ha empezado a contarnos el testigo?

         (A).—Con la venia, señor. Como ya se ha manifestado anteriormente, este no es un juicio en el que tengamos que condenar a nadie; es la revisión de un juicio que fue efectuado hace mucho tiempo cuya sentencia se ejecutó sin contar con una Defensa. Por eso creemos que toda prueba aportada en este sentido, debe ser cuando menos, considerada. Además que quede bien claro, que los testigos de este juicio no pertenecen ni al Fiscal ni a la Defensa, sino que están aquí para aportar información sobre mi defendido, pues son los únicos capaces de defenderlo y desvelar al mismo tiempo todo el misterio de este hombre. Por de pronto, ya nos han dado una fecha que nos atañe directamente a nosotros: el año en el que estamos celebrando este juicio o causa de mi defendido.

         El Juez prosiguió con las consultas previas, dirigiéndose a continuación al testigo:

         (J).—¿Es para usted indispensable este relato?

               —¡Sí!, sin este relato, nunca podrían entender los gentiles el misterio de este hombre y su muerte, y ustedes terminarían destruyendo la vida de este planeta.

         Al oír la decisión del Juez, el Fiscal lo miró con cara de asombro y se sentó en su sitio, mientras los Señores del Jurado que parecían muy interesados en el relato de Herodes, aprobaban con la cabeza la resolución tomada. Seguidamente, intervino la Defensa diciendo:

         (A).—Con la venia, señor. Antes de que el testigo comience con su relato, quisiera hacerle unas preguntas.

         (J).—Adelante.

         (A).—Dirigiéndose al testigo— ¿No es cierto que usted mandó decapitar a un tal Juan el Bautista?

         Al oír esto, el Fiscal se levantó de su asiento como si le hubiese picado una víbora; y dando un grito exclamó:

         (F).—¡Protesto! ¡Esto es una grave acusación contra mi testigo! Es acusarle de un crimen.

         Tras la airada intervención del Fiscal, un sordo murmullo invadió toda la sala hasta apagarse en un silencio inquietante. En esto, las palabras del Juez resonaron con autoridad, ordenando al Fiscal que se callase y tomara asiento. Después, dirigiéndose a la Defensa añadió:

         (J).—Señor Abogado, ¡aténgase solo a los hechos de la Defensa del Acusado!

         (A).—Con la venia, señor. Es precisamente lo que estoy haciendo al servirme de las pruebas que recoge el sumario, y mi deber es presentarlas todas con el mayor detalle para la defensa de mi defendido.

         Visto el panorama, el Juez opta finalmente por poner la decisión en boca del testigo:

         (J).—Dirigiéndose al testigo— La decisión está en usted; si considera conveniente responder a las preguntas de la Defensa, hágalo; sí no, tendremos que proceder de un modo diferente.

               —Agradezco su confianza y asumo la responsabilidad que en mi deposita —respondiendo al Juez—. Creo que si estamos aquí para la revisión de este juicio con el objetivo de llegar hasta el fondo del asunto, mi contribución personal de aportar los datos más esclarecedores sobre la verdad de este hombre, requiere necesariamente de las preguntas pertinentes, y estimo que la cuestionada es una de ellas. De mi puedo decirles también, por si les sirve de garantía, que fui rey en la tierra y tuve ocasión como tal, de juzgar a muchos hombres, unos justos y otros culpables. Ahora, serán ustedes los testigos directos de todo lo que aquí se diga; y en último término, los que lo juzguen también.

         Tras hacer una pausa y dirigiéndose a la Defensa afirmó:

              —Voy a responder a todas sus preguntas.

         Y seguidamente prosiguió su discurso con algunas aclaraciones más, para terminar respondiendo a la peliaguda pregunta realizada por la Defensa sobre la decapitación de Juan el Bautista:

              —Los historiadores gentiles, siempre se han ensañado contra el Pueblo Judío, sembrando el odio allí por donde pasaban. Pero esto también está incluido en el programa de nuestra liberación y la conquista de la «Tierra Prometida» (Heb. 11), que no es otra que España. Y respondiendo en concreto a su pregunta le diré que ¡sí!; yo mandé decapitar a Juan Bautista. Su misión en la Tierra había concluido, y Él lo sabía.

         (A).—Entonces, ¿usted sabía que era un profeta?

               —¡Sí!

         (A).—¿Y sabiendo que era un profeta, lo mató solo por el capricho de una mujer que bailaba para usted?

               —Prometí a esta mujer que le daría lo que quisiera, y ella, por orden de su madre, me pidió la cabeza del Bautista. Pero esto fue solo una excusa; la razón principal, como ya he señalado antes, era que había terminado su misión.

         (A).—¿Cómo sabía usted que este hombre había terminado su misión?

         El testigo esbozó una intrigante sonrisa y respondió algo no menos intrigante:

               —Ya les he dicho antes que nosotros utilizamos un lenguaje que los hombres no conocen; cada cuerpo de hombre representa a un personaje y deja ciertas señales para poder ser identificadas por nosotros. Una vez terminada su misión de comunicar el mensaje, entrega los poderes a otro para que continúe realizando el trabajo en este planeta. Sí leen atentamente como procedió Isaac al dar sus bendiciones a Jacob y porqué éste engañó a su padre y tomó el lugar que por derecho le correspondía a su hermano primogénito Essau, podrán darse cuenta de que existe algún mensaje oculto en dicho relato (Gn. 27). Y estoy seguro de que sí preguntásemos por eso mismo a los teólogos gentiles versados en las Sagradas Escrituras, no dudarían en responder que fue elegido por Dios, sin saber dar más explicaciones. Este ejemplo viene a demostrar una vez más, lo ciegos que están y su incapacidad para ser guías de nadie. Voy tratar de explicarles como nos reconocemos entre nosotros. Lo hacemos por medio del lenguaje en clave ya mencionado al que nuestros enemigos no pueden acceder; y dicha clave se encuentra en los cuentos y leyendas transmitidas de padres a hijos desde los albores de la humanidad. Para que se hagan una idea más aproximada de lo que quiero comunicarles, voy a utilizar algunos ejemplos más. Tenemos otra muestra en lo que Jesús quiso comunicar a sus Apóstoles con su dicho: «...25...“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas a los sabios y prudentes, las has revelado a los pequeñuelos”...» (Mt. 11, 25); todos podemos entender el significado de esta frase; pero no todos profundizan en la pregunta que sugiere y aciertan con la respuesta que contiene la clave oculta: ¿Qué es aquello que siendo enseñado a los niños es a la vez despreciado e ignorado por el orgullo de los sabios? La respuesta, a tenor de lo que ya he señalado antes, resulta bastante obvia: los cuentos y leyendas. Por eso todo aquel que está familiarizado y se expresa en este lenguaje infantil puede ser fácilmente reconocido por otro que también lo conozca. Volviendo al caso de Juan el Bautista, el haber podido reconocerlo como enviado sin posibilidad de equivocarme, también tiene su propia explicación. Para ello hay que recordar el contexto religioso de la Palestina de aquel tiempo y compararlo con el del nuestro. Como ya saben, Palestina, pero sobre todo Jerusalén, era el centro de todas las religiones que contaban también con sus profetas correspondientes. En concreto para la Religión Judía, el fervor religioso era tal que todo el mundo se sabía de memoria las escrituras religiosas, casi mejor que los mismos rabinos; pero acabaron dividiéndose en numerosas sectas rivales. Algo semejante a lo que ocurre actualmente con la proliferación de sectas salidas del cristianismo que a pesar de predicar lo mismo permanecen reñidas. Aún así, todas coinciden en un mismo punto: Jesús es el Hijo de Dios; más ninguna se pone de acuerdo para edificar una sola iglesia, la que Jesús les mandó. Por eso les previno también El diciendo: «...25...“Todo reino en sí,divido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá”...» (Mt. 12, 25). Pero una vez más sus palabras han caído en saco roto, y como botón de muestra, no tenemos más que observar la actitud actual de los Católicos respecto a las otras sectas, lo único que les interesa es ver quien acumula más «ovejas» (Jn. 10, 1-16) en su redil, para llevarlas al matadero...En medio de estas circunstancias se presentó Juan el Bautista que en su mismo apodo de bautista encierra otra de las señales que lo identifican como personaje para aquel tiempo. Pues entonces se vivía en la Era de Piscis que simboliza los mares, y bautista es un término que deriva de «Bautismo», rito de purificación celebrado durante la ceremonia de iniciación en los estanques sagrados de la India, indicando así que había llegado la hora de enseñar al hombre a conquistar los mares de toda la Tierra. Pero la clave principal está en las palabras que Juan dirigió a los Fariseos cuando le preguntaron por qué bautizaba no siendo el Cristo: «...25...“Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis; es el que viene después de mí y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”...» (Jn. 1, 25-27);. Sí efectuamos la misma operación que con la clave anterior aplicando el dicho de Jesús: «...7...“...buscad y hallaréis...”...» (Mt. 7, 7); regresamos hasta Abram, donde comprobamos que utiliza las mismas palabras que Juan para responder a la propuesta del rey Melquisedec de intercambiar las personas por los bienes. Abrám le respondió diciendo: «...22...“...Alzo la mano a Yavé que creo el cielo y la tierra. Yo no tomaré nada de lo que es tuyo, ni siquiera un hilo, ni una correa de tus sandalias...”...» (Gn. 14, 22-23). Bueno —esbozando una sonrisa de aprobación—, por su cara de asombro veo que empiezan a comprender; ¡y eso que no hemos hecho más que empezar! ¡Tómenselo con calma! Todavía estamos en la primera letra.

         (A).—Lo que no llego a comprender es por que tuvo que matarle, si ya sabía quien era el Cristo.

               —Para que se cumpliese lo que dijo Jesús: «...40...“...Entonces estarán dos en el campo, y uno será tomado y otro abandonado...”...» (Mt. 24, 40-42). Ya sabía quienes eran esos dos hombres, ahora tenía que decidir cual coger y cual dejar, pues ambos bautizaban y tenían discípulos. Pero había otra señal para distinguir al que tenía que dejar; esta señal era la «paloma» (Jn.1, 32) que descendió del cielo sobre Jesús mientras Juan lo bautizaba, representando la «Nueva Alianza» que hacía Dios con los hombres; la misma paloma que a Noé le indicó el «final del diluvio» (Gn. 8, 8-12) y el comienzo de la Era de Acuario, símbolo del aire. Ustedes creen haber entrado en esta era; por eso piden la paz tan ardorosamente y contribuyen sin saberlo a que se cumplan las Escrituras: «...34...“No penséis que vine atraer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada...”...» (Mt. 10, 34); por eso, como están «ciegos y sordos», a la vez que piden paz, todos se están armando hasta los dientes aduciendo motivos de seguridad, sin darse cuenta del tiempo en el que viven. Creo que con lo dicho queda respondida la pregunta de porqué maté al Bautista.

         Después de estas palabras un silencio mortal invadió toda la sala y los componentes del Jurado se miraban unos a otros con cara de extrañeza, sin poder dar crédito a lo que acababan de oír. Instantes después, Herodes, que observaba atentamente las reacciones producidas por sus palabras, prosiguió con el relato...

                  —Se que mi relato les ha sorprendido, pero quisiera decir algo más para terminar de explicar las claves; algo que posiblemente, jamás hayan escuchado hasta ahora. Se trata del cuerpo. Para nosotros, a diferencia de ustedes los gentiles que viven identificados con Él, el cuerpo no es más que un traje que nos ponemos para realizar un trabajo en este planeta, semejante a lo que para ustedes viene a ser un traje de astronauta; terminado el trabajo nos deshacemos de Él, no sin antes conocer nuestra nueva misión. El nuevo trabajo nos será comunicado por un enviado o mensajero que se dará a conocer por medio de las claves ocultas en el lenguaje cifrado que trato de explicarles; único modo de poder reconocernos, ya que cuando estamos en este mundo es en lo único que nos diferenciamos respecto de ustedes. Es por eso también que el mismo Jesús dijo a sus apóstoles que no se preocupasen por el «cuerpo» (Mt. 10, 28 y Lc. 12, 22); advertencia que en realidad solo iba dirigida para los hermanos de Él; para aquellos que sí conocemos el lenguaje oculto, a través del cual podemos identificar los trabajos que nos manda nuestro Padre...

         La defensa viendo que las argumentaciones de Herodes se extendían más de lo debido, decidió interrumpirlo para reconducir nuevamente el interrogatorio hacia cuestiones más próximas al tema central del juicio.

         (A).—Perdone que le interrumpa; su relato es muy interesante, pero no es ese el tema por el que estamos aquí. ¿No es cierto que los ancianos y sacerdotes se reunieron para condenar a muerte a mi defendido?

         Herodes dejando entrever una sonrisa miró al Juez primero e hizo lo propio con el jurado a la vez que contestaba con una afirmación rotunda:

               —¡Sí! —observando en silencio la reacción que causaba en el Jurado.

         Los Señores del Jurado habían quedado como paralizados por la respuesta, cruzándose miradas temerosas y desconcertantes. Afortunadamente, la mirada serena que les dirigió el Juez sirvió para calmar los ánimos. Entre tanto, el Fiscal se levanto con ademán de decir algo, pero volvió a sentarse con una expresión de contrariedad en su rostro, al observar el gesto que le hacía el Juez con su mano. Seguidamente, el Señor Juez, dio unos golpes sobre la mesa y dijo:

         (J).—Señores, se suspende la vista de este caso por hoy. Reanudaremos la sesión mañana a las 10 horas. ¡Buenos días tengan todos!

         Y cuando se disponía a abandonar la sala se dirigió a los Señores del Jurado diciéndoles:

         (J).—¡Por Favor!, antes de salir lean lo que hay escrito detrás de sus espaldas. ¡Hasta Mañana!

3.2. DIÁLOGOS DE ANTESALA

         Poco a poco todos los asistentes al Juicio fueron abandonando la sala pensativos. Y entre los últimos en salir, estaban los venticuatro ancianos de Las Doce Tribus; estos, nada más hacerlo se enzarzaron en una discusión tan violenta que hicieron intervenir al alguacil, obligándolos a callarse y guardar sus energías para el día del veredicto. Los Señores del Jurado por su parte, no parecían mostrar demasiadas ganas de hablar, y se dirigieron al hotel donde se hospedaban, sin apenas hacer comentarios.

         Pero quienes no salimos hasta el aviso del alguacil fuimos los abogados; en ese momento, yo me había acercado hasta mi amigo Jonatán, que así se llamaba el Fiscal, con intención de animarlo, pues se mostraba serio y un tanto abatido en su asiento:

         —Amigo Jonatán, espero que no estés enfadado conmigo. Lo que ha ocurrido no debe pillarte por sorpresa, pues tu ya sabías que te enfrentabas con el caso más difícil que se conoce en la historia de la humanidad. Y te recuerdo que nuestra principal estrategia aquí es atenernos al sumario, observando todo lo que suceda con una mente limpia y libre de pasiones; a partir de esta actitud, todo lo demás será cuestión de esperar lo que nos cuente tu testigo.

         —Es que...has logrado que un testigo del Fiscal, sea acusado a la vez de dos asesinatos —expresando su disgusto— algo que no es frecuente, pero que suele ocurrir en los juicios. Lo que ya no es tan normal, es que al disponerme a hacer una pregunta al Señor Juez, éste me inmovilice en mi asiento denegándome la palabra. Por si ello fuera poco, de pronto, tu mismo te asignas el papel de Fiscal, mientras tu defendido pasa de ser Acusado a intervenir como un acusador.

         —Comprendo, pero enfadándote no vas a favorecer a que se aclaren las cosas; estamos revisando una causa de hace muchos años y esto requiere toda la paciencia del mundo. Además ten en cuenta también que todos los personajes de este juicio están muertos, y que nosotros, lo que en realidad estamos haciendo, es dar vida a ellos y a todo lo que dejaron escrito. Esta materialización de las palabras es lo que los Budistas denominan «Maya»luz guía, que significa ‘ilusión’, término muy extendido entre todas las religiones del mundo y dotada de una gran fuerza; fuerza con la que el hombre puede mover y transformar la materia para el bien o para el mal, dependiendo de como la utilice: esto explica que las ideas de nuestra mente, por si solas, sean pura fantasía hasta que se realizan: primero expresándolas para uno mismo o comunicándolas a los demás mediante las palabras y los dibujos; y después, materializándolas con elementos conocidos como la piedra, la madera, el hierro...etc. Y es por todo ello también, que Herodes esta tratando de explicarnos el sentido de ese lenguaje que Yavé dejó oculto a los ojos de los gentiles. Un lenguaje de números y símbolos cuyos auténticos significados no pudieran comprender, pero que fuera usado inconscientemente por los sacerdotes de todas las religiones para que perviviese hasta hoy.

         Después de escuchar atentamente estas explicaciones, cambió su expresión de disgusto, por una actitud más confiada y curiosa:

         —Bien, ¡vamos a comer pues! Y luego ya me contarás la historia de ese pueblo tan extraño que únicamente conocemos a través de la Biblia, y que allí donde va, es odiado y perseguido como si le hubiese caído una maldición.

         —Eso que dices no es del todo cierto, pues como ya se ha dicho en el Juicio, apenas conocemos de él su lado religioso, ignorando todo lo referente a su origen e idiosincrasia, que a nadie parecen interesarles. Por eso trató Herodes de aportar algunos datos esclarecedores, pero tuve que interrumpirlo ante el riesgo de que confundiese al Jurado, al transmitirles más información de la que pudieran asimilar en estos comienzos. Toda esta información es como un gran laberinto en el que nos podemos perder y quedar atrapados si no sabemos discernir entre las señales y pistas falsas, que también las hay, y poder así entrar y salir de él a nuestro antojo. Y su razón de ser no es sino la de probar la inteligencia del hombre, que encierra en sí toda esa sabiduría potencial desde que nace. Pero para el desarrollo de dicho potencial necesita de un libro o mapa guía conteniendo todas las claves con las que reconocer a los personajes que le indicarán su situación y el rumbo correcto para salir del laberinto; ese libro no es otro que La Biblia.

         Cuando terminé de responder a sus dudas se quedó mirándome pensativo durante unos instantes, diciendo después:

         —Quisiera saber porqué me has elegido a mí para hacer de fiscal, si no sé de leyes, y menos todavía de temas tan profundos y enigmáticos. Yo estaba muy a gusto en tu mente viendo todo lo que te rodea y ahora tengo que realizar el papel de fiscal, el trabajo más ingrato que puede realizar un hombre en este mundo.

         —Amigo —le contesté sonriendo—, de todos los personajes que hay en mi mente, tenía que elegir a uno que siendo igual que ellos, no tuviese complejos religiosos ni políticos; y, ¿quién mejor que tu que eres el hijo del primer rey que tuvo el pueblo de Israel, de nombre Saúl, y fuiste un gran amigo del rey David, con el que te comunicabas en el lenguaje de las claves? Recuerda que cuando «David» (I Sam. 20 35-42) faltó tres días a la mesa de tu padre por temor a que lo matase, se sirvió de una contraseña que acordó contigo, con la que le advertías por medio de flechas lanzadas de una determinada manera, que no volviese. Ahora ya sabes porqué te he elegido y poco a poco irás recordando, y comprendiendo también, el lenguaje de los personajes que aparecen en este laberinto; algo que, como ya se ha dicho, no es accesible a cualquiera. Por eso dijo Jesús que era más fácil hacer pasar a un camello por el ojo de una aguja que la entrada de un «rico» (Mt. 19, 23-25) en el Reino de los Cielos; que para nuestro caso, equivale a decir que todo el dinero del mundo resulta insuficiente, si no se tiene el don para conocer las claves de la salida de este laberinto.

         —Pero, ¿qué pinto yo en todo esto? —mirándome fijamente y en tono todavía insatisfecho.

         —¡Anda! ¡Procura calmarte! comprendo que te sientas así ahora, pero ya verás como este libro terminará por gustarte conforme lo vayas comprendiendo.

          De pronto, cuando más absortos estábamos en la conversación, se nos acercó un hombre pidiéndonos educadamente permiso para compartir nuestra mesa. Mi amigo me miró con aire de extrañeza, como interrogándome a cerca del individuo en cuestión; y yo, sin otro comentario, accedí a la petición invitándolo a que se sentase. Seguidamente, el desconocido nos dijo:

          —Ustedes perdonen mi intromisión, pero soy uno de los componentes del jurado, y como principales estudiosos del caso que son, me gustaría hacerles algunas preguntas, si no tienen inconveniente.

          Yo le respondí que por mi parte estaba abierto a cualquier pregunta; luego miré a mi amigo para recoger su parecer y este dijo otro tanto, añadiendo además que entre los tres, la charla ganaría en interés. El nuevo contertulio agradeció con una sonrisa y seguidamente comenzó preguntando mientras dirigía alternativamente su mirada sobre uno y otro:

         —¿Quién de los dos ha sido el gracioso que me ha nombrado miembro del Jurado?

         Ambos quedamos mirándonos tan estupefactos que el demandante hizo ademán de levantarse y estuvo a punto de abandonar la mesa; pero en un ataque de risa repentino, Jonatan me señaló con el dedo mientras decía que era el culpable, sin dejar de reírse aparatosamente...Entre tanto, yo, que no esperaba dicha pregunta, permanecí unos instantes sin poder reaccionar; aunque supe hacerlo a tiempo de evitar que el desconocido se marchase, dirigiéndole estas palabras:

         —Disculpe la risa de mi amigo, pero es que él me acababa de hacer la misma pregunta justo antes de presentarse usted. De todas formas, no se preocupe, también recibirá su respuesta.

         El desconocido miró nuevamente a Jonatán que dejó de reírse al instante; después volvió a tomar asiento y se dispuso a escucharme:

         —Escuche, yo se quien es usted y me podrá ratificar o no todo lo que le vaya diciendo a cerca de su persona. Usted es muy conocido en la India como «Buda».

         Estas palabras resonaron a los oídos de mi amigo como si se tratase del anuncio de la tercera guerra mundial, y su reacción no se hizo esperar, diciendo:

         —¿Cómo sabes tu que este señor es el Buda? —con gesto de asombro y desaprobación— ¿Cómo puedes decir de Él tal cosa, si no se parece en nada al Buda que estamos acostumbrados a ver?

         Mientras, el desconocido, que no parecía dar demasiado valor a las palabras de Jonatán, permanecía mirándome muy pensativo y sin decir palabra; yo proseguí con su identificación diciéndole:

         —Usted tiene una clave para ser reconocido; usted se sentó «debajo de una higuera» (Jn. 1, 48-51)) para adquirir la sabiduría y ahí reside precisamente la señal que lo identifica; por eso, los sacerdotes que hablan de su filosofía no lo pueden reconocer.

         Al escuchar estas palabras, el desconocido me dijo muy asombrado:

         —¿Pero como sabe usted que es esa la clave? Pues lo que acaba de decir sobre mi es de sobra conocido a través de las biografías de mi vida; está escrito que yo adquirí la sabiduría debajo de una higuera.

         Antes de que pudiera responderle, intervino nuevamente mi amigo, que continuaba perplejo al comprobar que nuestro invitado no negaba que era el Buda:

         —Yo también opino que lo que has dicho carece de fundamento si no aportas más datos que lo expliquen.

         Yo acepté sus lógicas observaciones diciéndoles que estaba dispuesto a explicarlo, pero que había otra clave además de la de la higuera, que aclaraba ésta; una clave que daba Jesús, para que yo pudiese ir llamando de uno en uno a todos los personajes que iban a tomar parte en este juicio, unos como testigos y otros como jurado, pero todos ellos registrados en el «Libro de la Vida» (Sal. 69, 29; Fpl. 4, 2-3; Ap. 3, 5; Ap. 13, 8; Ap. 17, 9; Ap. 20, 12; Ap. 20, 15; y Ap. 21, 27). Hecha esta introducción proseguí diciendo:

         —Jesús en su testamento, me dejó para su defensa, los nombres de los que tomarán parte en este juicio; por eso te elegí a ti que tienes los testigos principales que intervinieron en la sentencia de mi defendido, y luego ha venido el Buda que es el segundo.

         Al mencionar la palabra testigos Jonatán volvió a interrumpirme para recordar:

         —Sí, ya veo lo que has hecho con los testigos, que de ser acusados han pasado a ser acusadores...

         Y esto sirvió para que hiciese la siguiente aclaración:

         —Esto es lo que ocurre cuando se maneja una «espada de doble filo», que si no se hace buen uso de ella se subleva contra quien la tiene; por eso dijo Dios que la palabra sería «...16...“una espada aguda de dos filos...”...» (Ap. 1, 16) y de ahí también mi misión: hacer que se vuelva en contra del que no la sabe manejar.

         Hecha la aclaración retomé el tema anterior diciendo:

         —Sigamos con la segunda clave para reconocer al Buda. La clave estaba en lo que Jesús dijo a sus apóstoles mientras paseaba con ellos, al ver a un hombre sentado debajo de una higuera: «...48...“Antes que Felipe te llamase te vi yo cuando estabas debajo de la higuera...”...» (Jn. 1, 43-51) Al oír esto el Buda asintió con la cabeza y dijo después:

         —Es cierto, pero todavía queda otra clave.

         —Efectivamente, la otra clave es su nacimiento; tenemos por tanto tres claves para reconocerlo: la primera la sabiduría, la segunda la llamada de Jesús cuando estaba sentado debajo de una higuera y la tercera su nacimiento. Veamos como fue este nacimiento. Pero antes, amigo mío,—dirigiéndose ahora a Jonatán— quiero prevenirte de algo: Como verás, en el relato de este nacimiento de Buda encontrarás tales semejanzas con el de mi defendido, que si no estás prevenido podrías confundirte con las declaraciones que los testigos te hagan al respecto, pues está narrado en un lenguaje empleado por sacerdotes, un lenguaje religioso de confusión. Y es importante que tu como fiscal, estés sobre aviso de todo lo que pueda suponer un obstáculo para la comprensión de las pruebas.

         Jonatán se quedó mirándome muy serio y expectante; seguidamente, nos dijo denotando gran interés:

         —Bueno, el nacimiento de Buda no es ningún misterio, pero, ¿no estarás insinuando que Buda era Cristo? ¡Eso es absurdo! —exclamó.

         —Tu mismo podrás responderte, después de escuchar la versión histórica del nacimiento de Buda que voy a contaros:

         Poco antes de nacer Buda, su madre Mayadevi o Maya, sintió deseos de volver con sus padres y se puso en camino hacía su casa, pero se vio sorprendida por el parto en las inmediaciones de la aldea de Lumbini, cerca de Kapilavastu, Capital de Magada, donde reinaba su esposo Siddharta. Nombre este que recibió también el pequeño, al que le añadieron el de Gautama, como príncipe indio de la rama de los Sakyas a la que pertenecía su padre. Nueves meses antes del feliz suceso, su madre, una princesa tan bella y encantadora que casi parecía irreal, por eso la llamaban «Maya» que significa ‘ilusión’, tuvo un delicioso sueño, El Sueño Profético de Maya, que relató así a su esposo:

         «Comenzó el sueño mientras estaba en mi morada. Sin llamar a la puerta entraron cuatro reyes, tomaron mi lecho por las cuatro esquinas y lo elevaron por los aires; me parecía yacer en un gran almohadón de nubes que voló hasta el Himalaya; allí me dejaron a la sombra de un frondoso árbol. Luego llegaron cuatro reinas con arcas repletas de ricas prendas; me vistieron y peinaron, conduciéndome después a una mansión de oro cuyas paredes brillaban por los rayos del sol y mi vista se recreó en un bellísimo paisaje florido donde las gotas de rocío ornaban de perlas las flores. De las montañas bajó un elefante blanco como la plata bruñida, se acercó a la casa y se postró ante mí; en la trompa llevaba un loto. La voz de un pájaro me despertó y al recordar este sueño maravilloso mi alma se inundaba de gozo».

         Después, los Brahmanes (sacerdotes de la India), acudieron a interpretar su extraña visión, y esto el lo que le dijeron:

         «Este sueño es una gran anunciación. Rechaza la inquietud, porque de tí va a nacer un hijo que no reinará sobre la Tierra, sino sobre las almas, y será el señor máximo del mundo. No triunfará por las armas; vencerá mansamente por el amor.

         Abandonará tu hogar, rechazará las riquezas y será un Buda que rasgará el velo de la ignorancia que ensombrece la Tierra. El día de la liberación se aproxima; el hijo que llevas en tus entrañas será el sol de la verdad».

         Tras escuchar el relato que les leí de un libro de mitología oriental mi amigo permaneció durante unos instantes pensativo y en silencio; luego me dijo:

         —Bien, yo no encuentro nada de extraño en este sueño; es una narración budista que encierra una filosofía semejante a la de cualquier religión oriental, presentada en forma de cuento con un lenguaje oculto, y refiriéndose a cierto personaje que tenemos que reconocer como si lo despojáramos de un disfraz de carnaval.

         Finalizadas sus acertadas consideraciones, lo miré con una expresión de satisfacción, diciéndole:

         —Ya veo que has aprendido parte de este lenguaje. Pero hay algo más que debes saber, la interpretación realizada por los Brahmanes, es esencialmente la misma que encontramos en la Biblia respecto al «anuncio del nacimiento de Cristo» (Lc. 1, 23-25).

Seguidamente volví a tomar el libro de Mitología Oriental Ilustrada (Cid,1968: 535-536) de donde procedía toda esta información a cerca de la historia de Buda y terminé de leerles algunos otros datos importantes más:

         «Los historiadores datan el período de su vida entre el 560 y el 480 a de Cristo; hasta los treinta años se llamó Gautama Siddharta, nombre que cambió por el de Sakyamuri cuando se hizo monje y llevó hasta los cuarenta años; a partir de la revelación se le conoció por Buda, que significa literalmente ‘el iluminado’.»

         Nada más terminar la lectura, le dirigí a Jonatán la siguiente pregunta:

         —¿Sabes tú donde están estas claves de Buda?

         El me miró sorprendido, pues esperaba que fuera yo quien le diera la respuesta a esa pregunta sobre lo que acababa de leer. Luego me respondió:

         —Bueno, ¿Qué tiene que ver este relato de Buda con el Juicio de Jesús?

         A su pregunta le siguió un largo silencio que rompió nuestro amigo el Buda después de asentir con la cabeza:

         —Veo que usted conoce los secretos de nuestro lenguaje y que su defendido esta en buenas manos.

         Estas palabras de Buda produjeron una reacción un tanto agresiva de Jonatán, que mirándome fijamente, volvió a intervenir diciendo:

         —Entonces, ¿qué pinto yo en este juicio si tienes argumentos de peso para refutar todas las pruebas de culpabilidad de que dispongo? Para eso prefiero que me envíes a donde he salido y así me evitaré ser el hazme reír de todos.

         Yo traté de apaciguarlo con una sonrisa mientras le respondía:

         —¡Cálmate! No va a suceder tal cosa. Además tu eres la pieza clave de este juicio ya que sin fiscal sería imposible concebir un libro como éste sobre la revisión del juicio de mi defendido. Nunca podríamos demostrar su culpabilidad o inocencia y los hombres continuarían sin desvelar el misterio de si en verdad era Hijo de Dios o del Hombre.

         Nuestro amigo Buda confirmó mis palabras haciendo ver a Jonatán que tenía razón, y que no existía otro modo de salir del laberinto. Ello serenó los ánimos de Jonatán, lo suficiente como para disculparse:

         —Perdonadme los dos, pero es que no entiendo nada.

         Ante su última frase traté de consolarlo diciendo:

         —Si tú que estás en mi mente no entiendes nada, ¡qué dirán los lectores! Por eso hace falta alguien que haga comprensible todo esto, de manera que cualquiera que lo lea pueda emitir su veredicto; y ese alguien no es otro que tú.

         Finalizada esta conversación, nuestro amigo Buda se levantó de su asiento y con gesto cortés se despidió de nosotros diciendo:

         —Señores he tenido un gran placer en conocerles; ahora tengo que marchar, pues es muy posible que el de día de mañana en la audiencia sea muy ajetreado; por lo visto hoy, ustedes dos especialmente, pueden dirimir un gran combate.

         Dicho esto nos dio un apretón de manos y se fue mientras nosotros mirábamos silenciosos como se alejaba. Al rato, mi amigo rompió el silencio para decirme:

         —Me parece que Buda se ha ido muy contento y parece que no le ha disgustado que le hayas sacado de su paraíso para traerle a este juicio.

         —Todos los personajes que yo saco de su encierro y ven la luz otra vez, han tenido una vida ejemplar ayudando al hombre a conocer la verdad y les hace felices el que ello sea reconocido; es como un premio a su trabajo bien hecho. No ocurre lo mismo, sin embargo, con aquellos que a través del engaño, se han dedicado a esclavizar al hombre con fines egoístas; a estos en cambio les duele mucho que se les desnude de sus pieles de falsa «oveja» (Mt. 7, 15-17). Por eso habrá muchos entre el Jurado, que se escandalizarán al verse a sí mismos en evidencia, ya que estaban acostumbrados a impartir la justicia a su manera y nunca pensaron en la posibilidad de que este juicio se realizase. A eso se refería Buda al decir que nos esperaba un gran combate; pero no te desanimes, que esta batalla la tenemos ganada de antemano; porque será entre éstos últimos donde se fraguará esa lucha encarnizada, cual si de lobos heridos se tratara...

         —Bueno —soltando un bostezo—, será mejor que nos vayamos a dormir para mañana estar con la mente despejada.

         Tras estas palabras de mi amigo salimos del café. Era una noche fresca y estrellada de Enero que nos invitaba a dar una última vuelta por el Paseo Marítimo antes de acostarnos. Pero aquella noche seguía siendo un tanto especial; y lo pudimos comprobar al ver el concurrido grupo de gente que contemplaba boquiabierta un fenómeno astronómico poco usual: el paso del Cometa Halleyluz guía. La claridad de la noche permitía ver a simple vista la hermosa cabellera del cometa que estaba ofreciendo todo un espectáculo. Entonces Jonatán se detuvo y mirando fijamente al cometa me preguntó:

         —¿Tu crees que es cierta esa creencia popular de que cada visita del cometa es un presagio de catástrofes?

         —¡Sí! —le contesté con una sonrisa—. Este cometa ha tenido siempre mala fama por la ignorancia del pueblo; pero en realidad actúa como un calendario que señala una fecha histórica para el hombre, el año en que vivimos. Si deseas conocer más detalles te los explicaré con gusto.

         Mi amigo asintió con la cabeza.

         —Bueno antes conviene que te recuerde algunas nociones de Astronomía y de Astrología. Si nos fijamos en las Constelaciones del Zodíaco y nos situamos en el Sistema Solar al que pertenecemos, podemos equipararnos a navegantes que recorremos el gran océano del cosmos guiados por esa referencia inconfundible que es el sol, como faro que indica el anhelado puerto que buscamos. Para decirlo de un modo sencillo, y evitando los tecnicismos innecesarios, me serviré del lenguaje en que nuestros antepasados se lo transmitían a sus hijos, concibiendo a la Tierra como una nave en la que viajamos a través de cada una de las Casas del Zodíaco.

         —Es muy interesante, —entusiasmado— y así podré comprender de una vez por todas la razón de esa pugna entre astrólogos y astrónomos, y lo que hay de cierto sobre la fama popular de adivinos del porvenir que tienen los primeros; posibilitándoles vivir de ello. ¿Es esto cierto, o estamos ante otra especulación más?

         —Mira, lo maravilloso de este cometa no está en su brillo, ni en su hermosa cola; ni en su composición química, ya sea una piedra o trozo de hielo que anda errante por el espacio. Lo admirable y significativo de este objeto luminoso es que actúa como señal para los hombres en general y los astrónomos en particular. Estos ya conocen que su visita se produce cada setenta y seis años, y aunque existen muchos cometas similares surcando el espacio, el Halley es el único que podemos ver a simple vista. Su misión es por tanto, indicar las cronologías de los ciclos históricos de los hombres y más concretamente las generaciones.

         —Entonces, los historiadores...¿Cómo es que cuentan las generaciones cada ochenta años sin hacer caso al cometa?

         —Esto es debido al orgullo que les ciega por creerse sabios y rechazar todo lo concerniente a la Astrología, aunque hay que reconocer que tienen su parte de razón al no hacer caso a tanto embaucador que vive del cuento. La consecuencia de esta actitud cerrada es una pérdida de la noción del tiempo; y como tu bien sabes, la historia está llena de errores pues nunca aciertan la fecha en que viven. Para rectificar dichos errores es preciso aceptar que la Astrología es la ciencia más antigua que el hombre conoce; y su lenguaje, el lenguaje de los astrólogos, un medio indispensable para no perderse en el laberinto al que vamos a entrar tu y yo. Así podrás comprender por fin, las palabras clave que mi defendido dejó en su testamento al decir que su Padre estaba en el cielo; y es cierto, pero ya hablaremos de ello más adelante.

         Como te decía, nuestro Sistema Solar recorre los doce signos del Zodíaco que son constelaciones de estrellas a las que los astrólogos denominan signos y casas. Y es aceptado por todos que la coincidencia del paso del Sol con la Tierra por cada una de estos signos y casas, es una forma de conocer el tiempo de las Eras históricas. No vamos a profundizar más en el tema de la Astrología, pero debemos considerarla como un gran reloj que mi defendido utilizará ante los Señores del Jurado como prueba a su favor. Visto así, el cometa marca los años de cada generación, mientras los signos o casas indicarían las horas de cada período histórico. Además, como ya sabes, cada signo o casa está regida por un planeta cuyo nombre representa a un dios que será el encargado de enseñar a los hombres durante doce mil años; estos doce mil años se dividen a su vez en varios períodos de tres ciclos cada uno de los cuales dura tres mil años; es lo que el hombre conoce hasta ahora.

         Ese mismo hombre que ha escrito la historia desde que tenía uso de razón, primero a través de símbolos, y más tarde en un lenguaje religioso que inventó. Dicho lenguaje fue entregado a los sacerdotes que lo mandaron escribir en piedras y monumentos para que perdurase hasta nuestro tiempo con el fin de utilizarlo en la defensa de mi defendido.

         Al escuchar esto mi amigo me miró y cogiendo una ramita del suelo se puso a dibujar un Zodíaco imaginario en el aire mientras me decía:

         —¿Quieres decir con esto que los hombres son simples robots para los dioses? Pensar esto es un disparate que a nadie le entra en la cabeza, y si usas esos argumentos como defensa para el Juicio, promoverás un escándalo en el Jurado por herir su orgullo, pues lo tomarán como una ofensa para los hombres de este mundo; un orgullo que no se puede romper como se rompe una vasija de barro...

         —Acabas de poner el dedo en la llaga, en algo que ya recogen las Sagradas Escrituras, al señalar que Él es «...42...“La piedra que los constructores rechazaron se convertirá en piedra angular...”...»(Mt. 21, 42-44) y con la que tropezarían; similar al refrán que dice: «Al que al cielo escupe, a la cara le cae». Este es el significado de la piedra, y los sacerdotes sabía que la verdad se ocultaba en ella, pero no quisieron aprender el lenguaje y por eso el dios al que ellos claman nunca ha podido entenderles. Lo único que han logrado con este proceder ha sido engañar a los hombres y será en este juicio cuando el engaño se descubra y sean juzgados por su propia conciencia, ya que entre ellos, también los hay que conocen ese lenguaje. Dicho lenguaje aunque adaptado a un sistema religioso es originalmente popular, de ahí que el cambio de las formas no haya afectado a la coincidencia de los significados entre ambas. Y es por eso también que las claves para reconocer dichos significados se presentan en tres lenguas: la religiosa de los sacerdotes; la profana que habla el pueblo; y la mitológica universal, propia de los dioses. Para que lo entiendas mejor, recuerda el hecho de Pilatos cuando puso un rótulo en tres lenguas sobre la cruz de Jesús: Hebreo, Griego y Latín. Esto no lo hizo por azar, sino porque fue inspirado para que se ajustase al dicho de Jesús cuando aclaró que, si no se lo hubiesen dado de arriba no lo hubiese podido realizar de esta manera. Además el elemento omnipresente de este lenguaje es el número tres, fácilmente comprobable en referencias como: el misterio de la Santísima Trinidad; la piedra Roseta, también escrita en tres lenguas y clave para descifrar toda la historia anterior al Diluvio, borrando así el carácter exclusivamente religioso que los gentiles le han conferido a la Biblia, de modo que pueda servir ésta como libro de las claves para la defensa de Jesús; y las tres grandes religiones que rigen actualmente el mundo, Budista, Mahometana y Católica o Cristiana.

         Mi amigo, que escuchaba en silencio, me miró serio y sorprendido; luego, desvió su mirada hacia el horizonte como esperando una respuesta del cometa. De pronto, bajando su vista hacia el mar me dijo:

         —Me da la sensación de que ese cometa quiere darme la respuesta a la interrogante que esta dando vueltas en mi cabeza.

         Luego, murmuró como si hablara consigo mismo:

         —Entonces, ¡es cierto que el paso de este cometa es un presagio de catástrofes y desgracias para los hombres!

         Yo le miré sin haber comprendido lo que quería decir, y le pregunté:

         —¿Qué murmuras?

         —Es curioso —ofreciéndome un cigarro— la pregunta que le he formulado mentalmente al cometa, me ha sido respondida; he comprendido al instante lo que me estabas explicando a cerca del misterio de este cometa y del temor que siempre ha inspirado a los hombres. Sí, es verdad que este cometa traía siempre consigo a la tierra enfermedades, caídas de gobiernos y revoluciones; pero no es menos cierto que también venían con él grandes cambios de pensamiento y avances científicos. Cambió la industria, la manera de vestir y de pensar, las tendencias artísticas y hasta se produjo un cambio muy lento pero irreversible en el pensamiento religioso. Es como si estuviera ordenando los cimientos de un castillo que, poco a poco, acaba por derrumbarse.

         Yo me quedé gratamente sorprendido de lo que acababa de oír y cuando me disponía a decirle que ya había comprendido el lenguaje, se llevó el dedo índice a los labios en ademán de que guardara silencio y prosiguió diciendo:

         —Mira, si este cometa pasa cada setenta y seis años y ahora estamos en 1986, esto quiere decir que la última vez que se vio fue en 1910 y curiosamente fue en 1914 cuando se produjo la Primera Guerra Mundial. Un indicio evidente, que si añadimos a los que se suceden al seguir el curso de la historia en función del cometa, nos obliga a dar la razón a los que defienden que trae desgracias. Pero el auténtico mensaje que transmite el cometa es el del fin de una generación que ha terminado su trabajo y su inminente relevo por nuevos obreros. Ahora comprendo que nada está hecho por azar, sino para orientar al hombre a que conozca el sentido y situación de su existencia, y evitar que ande errante. Pero parece que el hombre no quiere aprender.

         A estas palabras siguió un prolongado silencio que solo dejaba oír el ruido de fondo proveniente del batir de las olas contra las rocas.

         —¡Anda! —cogiéndome del brazo—, vamos a dormir que ya es tarde.

         Yo asentí con la cabeza y continuamos caminando por el paseo en dirección al hotel; al llegar, Jonatán me dijo:

         —Mañana en el juicio, llamaré a tu defendido a declarar para hacerle unas preguntas que pululan por mi mente, sin que por el momento haya obtenido ninguna respuesta satisfactoria; creo que el único que puede responderme es Él.

         Esto me dejó paralizado durante unos segundos sin saber que contestarle, pues esperaba que interrogaría previamente a otros testigos. Superado este momento de incertidumbre, le respondí en un tono más bien fuerte:

         —¡No puedes hacer esto! Mi defendido no debe ser interrogado hasta que lo hayan sido todos los demás...

         —¡Sí puedo! —entre carcajadas—, para eso soy el Fiscal, y mandaré declarar al que crea oportuno. No te preocupes, no lo hago para fastidiarte ni con malicia, sino para dejar claro ante el tribunal lo que estoy haciendo, o mejor, lo que estamos haciendo tu y yo: aclarar los enigmas de la historia de unos personajes que dejaron unas pistas a su paso por este mundo. Y quiero que tu defendido nos abra las puertas, guiándonos lo suficiente como para que podamos continuar luego por nosotros mismos...

         —Mira que te conozco —le contesté con expresión seria—, y no quisiera que este juicio acabase como tantos otros que estamos acostumbrados a ver en las películas. Juicios donde el defensor y el fiscal no hacen más que interrumpirse el uno al otro con el empleo de un lenguaje tan suntuoso como turbio, y disimulando sus bajas intenciones con hipócritas expresiones de respecto como la tan manida de señoría. En realidad, ambos, cegados por la recompensa monetaria, lo único que tratan por todos los medios es de ganar el caso, el fiscal exaltando la culpabilidad del Acusado aún sabiendo de su inocencia y el defensor intentando probar la inocencia de alguien que no lo es. Así, el que debería ser su principal objetivo de realizar una labor conjunta en pos del veredicto más justo, aunque ello suponga el reconocimiento de argumentos de mayor peso en favor del otro, queda relegado a un segundo plano. Y esta es la tónica general de los juicios que realizan los hombres; algo que refleja bien el siguiente refrán: «En este mundo, el que tiene padrinos se bautiza, y el que no, se queda moro». Con esto quiero decirte que tu y yo no tenemos por qué utilizar ese lenguaje tan hipócrita, sino plantear las cosas del modo más sencillo, para que pueda ser comprendidas por todos, desde el más humilde al más culto. Así que ten mucho cuidado mañana cuando utilices «la espada de doble filo», no sea que se vuelva contra ti...hay que saber utilizarla...

         —Tu lo que tienes que hacer es estar en guardia, no te descuides —mirándome con gesto burlón.

         Y diciendo esto se despidió de mi dándome una palmadita cariñosa.

         Ya en mi habitación, encendí un pitillo y me puse a cavilar sobre las últimas palabras de Jonatán. Todo parecía indicar que su intención era ponerme en ridículo ante el tribunal, como venganza por el apuro que le hice pasar ante sus testigos; se los había puesto casi como autoinculpados o acusados de ellos mismos. Pero yo conocía bien a mi amigo y no era esto lo que más me preocupaba; lo que en realidad me impedía conciliar el sueño, era el descubrir la razón que le había impulsado a querer interrogar a mi defendido sin antes haber interrogado a otros testigos. Al sentir que esta inquietud crecía por momentos, comencé a pasear por la habitación tratando de buscar una respuesta tranquilizadora, mientras me fumaba un cigarrillo. En una de estas idas y venidas me acerqué instintivamente a la ventana, era una de esas noches en que la luna resplandecía como una diosa y señora de este mundo; entonces, me vino a la cabeza la conversación que había tenido con mi amigo referente a la similitud del Universo con un gran computadora donde estaban escritos todos los datos a cerca de los hombres. Éramos como las piezas de un gran ajedrez, movidas por dos dioses jugadores con el mismo poder, la Muerte y la Vida, cuya apuesta era el dominio del mundo; un juego en el que los hombres no tienen ni voz ni voto.

         De pronto, al escuchar estos pensamientos, un escalofrío estremecedor recorrió mi cuerpo, y me hice la siguiente pregunta: ¿Por qué nos matamos los hombres y hacemos de este mundo un infierno, si al final de la partida nos va a ocurrir eso mismo que hacemos? Así, finalizada la partida, guardamos las piezas del ajedrez en la caja y no las volvemos a sacar hasta que viene un amigo para jugar una nueva partida. En esto, tan distraído estaba con mis pensamientos que empecé a sentir una fuerte quemazón en los dedos; era el cigarrillo que se había consumido y me hizo volver a la realidad. Pero continuaba sin poder conciliar el sueño y opté por ojear el expediente de mi defendido para adivinar las preguntas que el fiscal podría hacerle, más mi cuerpo no resistió y caí profundamente dormido...

         Serían las ocho de la mañana cuando unos golpes en la puerta me despertaron; era el botones que realizaba puntualmente su servicio. Rápidamente me aseé y bajé al comedor donde Jonatán se encontraba ya desayunando; me recibió dándome los buenos días con una sonrisa, para preguntarme seguidamente en tono burlón:

         —¿Qué tal has dormido?

         —Gracias a ti he tenido un placentero sueño.¿Quieres que te lo cuente?

—¡No!,¡No!, ¡Qué te conozco! —poniéndose muy serio—. No quiero que me lleves a tu terreno que vamos a tener un día muy movido. Me he pasado toda la noche leyendo el sumario, buscando las palabras que dijo tu defendido; espero que tu también hayas hecho lo mismo —con una mirada pícara—.

         —¿Tu ya conoces a mi defendido?

         —¿Quién no conoce a tu defendido?

         —Muy bien amigo Jonatán —entre risas—, cuando te pongas la toga tu y yo estaremos en bandos diferentes. Pero estate alerta, no me gustaría que resultaras herido en el primer asalto.

         —Mira,—otra vez muy serio— ya sé que me lo dices para ponerme nervioso y así ganar tiempo a tu favor, pero ya he aprendido la lección que me diste. Conseguiste que mis testigos aparecieran como culpables a los ojos del Jurado, y no te guardo rencor por ello; es más, te deseo suerte.

         —Muy bien Señor Fiscal, pero cuando entres en la audiencia «sujétate bien la toga» que tengo una sorpresa para ti con la que te puedes quedar sin habla. Y ahora, ¡Vamos que si no llegaremos tarde!

         Dicho esto nos levantamos y partimos camino del juzgado. En el trayecto le dije a mi amigo:

         —¡Dime un número!

         —¡El 15! —mirándome con extrañeza.

         —Yo siempre llevo las cartas del Tarot encima...

         Conté quince cartas y le entregué esta última a mi amigo. Luego, le pregunté cual le había tocado mientras observaba su reacción. La carta que me enseñó era el Arcano número 15 y entonces le aclaré:

         —Este es el Acusado con quien hoy te vas a enfrentar.

         Después, él repitió la operación conmigo, mandándome elegir otra carta:

         —Ahora te toca a ti elegir.

         Yo le pedí el número 12; barajó las cartas, contó hasta doce y se echó a reír ante la carta que me había correspondido, el Arcano Número 21, diciéndome:

         —¡Anda que sí tu defendido a puesto todas sus esperanzas en esta carta está arreglado!

         —¡Menos mal que tienes a Satán de tu parte! —pidiéndole que me la enseñara—, el tuyo es el acusador y no podía ser mejor fiscal ya que posee todos los medios para conocer los pasos del procesado desde su nacimiento hasta su muerte.

         —Me imagino la cara que pondrían los Señores del Jurado si nos viesen gastándonos este tipo de bromas —Jonatán con una pícara sonrisa— creo que terminarían discutiendo acaloradamente a cerca de nuestra competencia como defensor y fiscal y sería muy divertido observarlos discretamente por un agujerito.

         —¡Sí!, hubiera estado bien escucharles.

         Así, entre bromas y comentarios jocosos llegamos al juzgado. Pero, ¡cual no sería nuestra sorpresa al ver a los Señores del Jurado reunidos en pequeños grupos! Ante tal panorama mi amigo me dijo:

         —¿Son estos los que han de dar el veredicto? Me parece que el procesado se va a quedar clavado en la cruz para toda la eternidad, pues por lo que veo nunca terminan por ponerse de acuerdo. ¿Tú qué dices?

         —¡No te falta razón! Son igual que los políticos, todos se autocalifican como defensores de los pueblos, pero lo único que hacen es sentarse y discutir, olvidándose del juramento que prestaron al pueblo. Y otro tanto ocurre con los religiosos; todos pretenden que sea su dios el que tenga el dominio del mundo, propiciando así el odio y la destrucción entre los hombres.

         Jonatán asintió con la cabeza.

3
SESIÓN 2ª: INTERROGATORIO AL ACUSADO

3.1. EL ACUSADO RESPONDE

         Entramos todos en la sala de la audiencia y cada uno fue ocupando su sitio del día anterior; unos minutos después compareció el Señor Juez seguido de los veinticuatro ancianos y haciendo un gesto con la mano nos indicó que tomáramos asiento, cosa que hicimos entre murmullos. Seguidamente, el Señor Juez, imponiendo silencio dijo:

         (J).—Queda abierta la sesión segunda de la revisión del juicio de Jesús de Nazaret que fue aplazada ayer. El Señor Fiscal y Abogado defensor tienen mi venia para proseguir con los interrogatorios.

         (F).—Con la venia, señor. Quisiera, si no hay inconveniente, interrogar primero al acusado.

         (J).—¿Tiene la Defensa algo que alegar? —dirigiéndose a la defensa.

         (A).—¡No! —haciendo un gesto con la cabeza.

         (J).—¡Que suba el acusado al estrado!

         Tras estas palabras, un silencio mortal se apoderó de toda la sala; los Señores del Jurado quedaron inmóviles como estatuas de mármol con las miradas fijas en la pequeña puerta por donde habría de salir de un momento a otro el hombre que ha tenido en vilo a toda la humanidad durante 1986 años. Ese breve lapso de tiempo que duró la espera parecía volverse interminable...

         De pronto, El hizo su aparición y atravesó la sala dirigiéndose con paso firme hacia el estrado. Cuando llegó a la altura del Jurado, miró a sus componentes con una sonrisa y les dio los buenos días; luego, continuó hasta el estrado donde tomó asiento. Las primeras reacciones de los asistentes no se hicieron esperar; se escuchó un murmullo semejante al eco de un trueno lejano. Mientras, el añorado personaje permanecía sereno, observando cuanto sucedía. Era un hombre de talla normal, cabello negro con un corte de pelo ni corto ni largo, ojos pardos, y tez blanca, bien aseada y afeitada. Iba vestido con un traje azul marino, camisa blanca y corbata azul celeste; en la corbata llevaba un alfiler que representaba dos triángulos entrelazados, uno de oro y otro de plata; en el centro que formaban los dos triángulos se apreciaba una cruz y los extremos de los triángulos estaban adornados con piedras de diferentes colores, acompañadas de unas letras. En su mano derecha llevaba un anillo de oro con una piedra blanca y en la izquierda otro con tres piedras, dos aguamarinas que franqueaban a una piedra blanca central.

         Pasados unos instantes, intervino el Juez pidiendo al acusado que se identificase ante la audiencia:

         (J).—¡Díganos su nombre!

               —Mi nombre es Jesús de Nazaret —mirando a los Señores del Jurado.

         El Fiscal, que no salía de su asombro, se dirigió al Juez y le dijo:

         (F).—Con la venia, señor. ¿Podría hacerle una pregunta en privado al Abogado Defensor?

         El Juez asintió con la cabeza. Entonces el Fiscal se dirigió a mi mesa y acercándome su rostro a la oreja me dijo:

         (F).—¿Es este el Cristo?

         (A).—Con una sonrisa: ¿No querías interrogarle?

         Al oír esto se apartó bruscamente y caminó hacia el acusado preguntándole:

         (F).—¿Está usted seguro de que es Jesús de Nazaret?

         El acusado le miró como si no le hubiese entendido la pregunta, pero volviéndose al Señor Juez respondió:

               —¡Sí!, por ese nombre me conocen.

         (F).—Entonces, ¿es usted Cristo?

               —¡No!

         (F).—¿Quién es usted entonces?

               —Yo soy el Hijo del Hombre.

         Tras esta respuesta el Fiscal se dirigió nuevamente a la mesa del Señor Juez y le pidió en voz baja la venia para consultar conmigo antes de continuar con el interrogatorio; a lo que el Juez asintió. Yo, intrigado por esta proceder, me acerqué a la mesa del Señor Juez junto al Fiscal y pregunté:

         (A).—¿Ocurre algo?

         (J).—El Fiscal desea decirte algo en privado.

         (A).—¿Debe ser algo de sumo interés cuando me vuelves a llamar antes de finalizar el interrogatorio? —Dirigiéndome al Fiscal.

         (F).—¡Sí! —Con una mirada que parecía estar a punto de abalanzarse sobre mi— ¡esto es cosa tuya! ¿Cómo puedes traer a ese hombre que se hace pasar por Jesús sin serlo, cuando sabes muy bien que todos los aquí presentes conocemos de sobra a Jesús? ¿No te has fijado en la cara de pasmo que han puesto los Señores del Jurado al ver ha ese hombre? Yo, al escuchar esto tuve que hacer verdaderos esfuerzos por retener una carcajada; luego le dije:

         (A).—Ya te advertí que tuvieses mucho cuidado con «la espada de doble filo», que si no se sabe manejar resulta muy peligrosa; pero como querías desquitarte de lo de ayer...Pensabas que interrogando a mi defendido, me dejarías sin opción para la defensa; pero has fallado.

         (F).—¿No podríamos aplazar la vista para mañana?

         (A).—¡No! Ya que has empezado vamos a continuar; tu sigue interrogándole y que Él te responda. Te aseguro que te ayudará en todo lo que esté en su mano.

         (J).—La Defensa tiene razón. Prosiga con el interrogatorio.

         (F).—Bueno, ¡ahora veremos si es Jesús o se trata de un impostor! ¡Y no me interrumpas! —dirigiéndose a mi.

         (A).—No te preocupes, que no pienso interrumpirte; pero te pido ante el Señor Juez que actúes igual con mi defendido; hazle todas las preguntas que quieras y deja que las responda.

         Hechas las aclaraciones, ambos nos retiramos a nuestros sitios y el Fiscal se disculpó ante los Señores del Jurado por la interrupción habida diciendo:

         (F).—Perdonen esta interrupción, pero me era indispensable aclarar algunos detalles con la Defensa antes de continuar.

         Seguidamente se dirigió hacia el acusado que mostraba una sonrisa burlona en sus labios y tras pedir al Juez la venia para proseguir, le preguntó:

         (F).—¡Bien! ¿Podría usted decirme que edad tiene?

               —¿Los años actuales o de cuando me juzgaron?

         (F).—¡Hombre! ¿No pretenderá ahora decirme que tiene 2000 años?

               —Cuando me juzgaron tenía 33 años. Pero recuerdo como un día hablando con mis discípulos les contaba que yo había hablado con «...57...“...Abraham...”...» (Jn. 8, 56-58) y la ira que desataron estas palabras entre algunos hombres que quisieron apedrearme, arguyendo que era imposible que yo hablase con Abraham sí no llegaba ni a los cincuenta años. Por eso le pregunto a usted a que edad se refiere.

         (F).— Entonces, si como dice, es usted Jesús de Nazaret, también es el Cristo. No entiendo entonces por qué me lo negó en la pregunta anterior.

               —No, no soy el Cristo.

         Al oír esto el Fiscal, frotándose las manos y con cara de satisfacción, se dirigió a los Señores del Jurado diciendo:

         (F).—Señores, ya sabía yo que este no podía ser el Cristo, sino un impostor traído por la Defensa para confundirnos —señalándome con el dedo—. Esto no se hace con un amigo, esto no está bien. Gracias a que tanto el Jurado como yo mismo hemos podido darnos cuenta nada más verle de que no era el acusado. Servirá como una buena prueba de que estamos lo suficientemente preparados para no ser engañados y realizar un Juicio justo.

         Yo no respondí nada y mirando a mi defendido le hice una seña comunicándole que dejara al Fiscal desahogarse un poco, pues falta le iba a hacer. Luego dirigiéndome al Señor Juez le dije:

         (A).—Con la venia Señor. El señor Fiscal está poniendo en tela de juicio la autenticidad de mi defendido y con ello crea confusión en los Señores del Jurado. Sin embargo, yo no he dudado en ningún momento de la autenticidad de los testigos que el ha presentado. Espero por ello, que se le den las debidas oportunidades a mi defendido para que pueda demostrar que es realmente Jesús de Nazaret.

         Diciendo esto me senté y el Juez instó al Fiscal para que actuase según mi petición:

         (J).—Señor Fiscal, puede usted continuar con el interrogatorio; pero de opción al acusado para que demuestre lo que dice.

         (F).—Con la venia, señor —Muy serio y dirigiéndose al acusado—. ¡Bien! Retiro la pregunta anterior. Vamos a proceder de ahora en adelante, y mientras usted no nos demuestre lo contrario, partiendo de la premisa de que es ciertamente Jesús de Nazaret. En fin, ¡demuéstrenos que es usted Jesús!

              —Voy a responder a su petición —mirando al Jurado y al Fiscal—, pero antes quisiera decirles algo para que nadie se ofenda ante lo que va a escuchar y evitar también los posibles malos entendidos y dudas que puedan derivarse de mis palabras. Que nadie se de por aludido cuando digo «mi pueblo»; y con ello, no crean que trato de ser racista ni que voy a hablarles de religión, aunque los gentiles, siendo la única manera en que me han conocido, así lo crean; tan solo pretendo diferenciar muy bien «mi pueblo» de los otros pueblos. Ustedes los gentiles son como niños; les cuentan un cuento y se lo creen. Por eso esperaban verme según las imágenes que se han hecho de mi en los templos: con barba, pelo largo, heridas en las manos y una corona de espinas en la cabeza. Yo preguntaría a los Señores del Jurado si realmente esperaban verme así, con la imagen que los escultores han hecho de mi. Lo cierto es que ellos jamás han visto a Jesús, pero sin embargo si han cobrado dinero por realizar su imagen. Y lo más triste de todo es que en el nombre de dicha imagen los gentiles han derramado ríos de sangre inocente, llevando al pueblo a la muerte y enriqueciéndose a costa de él; es el símbolo de la muerte y el terror, y esto es algo que nadie puede negar, no tenemos más que echar una ojeada a los hechos históricos. Por todo ello, Señores del Jurado, deben reconocer que han sido ellos quienes los han engañado siempre y ese es también el motivo por el que ustedes esperaban ver a Cristo; pero ya les dije yo en su momento a mis discípulos que el Cristo no vendría hasta el final de los tiempos. Deseo decir también al Señor Fiscal, que llevo muchos años recorriendo los museos, catedrales e iglesias, repletas todas ellas de imágenes que según dicen corresponden a mi, pero todavía no he encontrado una que tenga un parecido conmigo; les juro que no he encontrado ninguna. Les voy a poner un ejemplo sencillo que ayude a comprender la razón de todo este desaguisado: Si ustedes van donde un escultor para realizar una escultura de su padre, lo primero que les pedirán será una fotografía; y si no disponen de ella, lo más normal es que el escultor se niegue a realizar dicha escultura. Pero supongamos que ustedes insisten y el escultor accede; lo lógico entonces es que el escultor haga un dibujo con los datos que ustedes le faciliten al describirle los rasgos más característicos de su padre. Sin embargo, esto que nos parece tan fácil para nuestro tiempo, ha resultado poco menos que imposible para los gentiles, que sin haberme visto nunca, solo podían conocerme de oídas pues incluso los mismos Evangelios carecen de dato alguno sobre mis rasgos físicos. Además, yo también advertí en su momento que no se hiciera caso a los «...11...“...muchos falsos profetas...”...» (Mt. 24, 11-30) que aparecerían hablando sobre mí, diciendo que meencontraba aquí o allí. A modo de ejemplo: si yo les preguntase donde está el Cristo de los Faroles, ustedes me contestarían que en Sevilla; y si les preguntaran por Cristo de Lezo, seguro que me enviarían a Lezo; y es que ustedes los gentiles tienen cristos por todas partes. Por eso puse sobre aviso a mis discípulos y a mi pueblo diciéndoles evitaran hacer cualquier imagen sobre mi, para que no caer en la misma trampa de los gentiles.

         Este relato de mi defendido produjo un gran impacto en algunos miembros del Jurado y el Señor Juez tuvo que intervenir calmando los ánimos, ante la elevada tensión que se percibía en el ambiente de la sala. Cuando por fin se hizo el silencio, el Fiscal se dirigió nuevamente a mi defendido diciendo:

         (F).—¡Bien! Al hilo de lo que acaba de decir, quisiera que me respondiese ahora a la siguiente pregunta: ¿No es verdad que a usted le condenó a muerte su propio pueblo?

              —¡Si! y ¡No!

        (F).—Con cara de asombro— ¿Cómo dice? No entiendo su respuesta. ¡Procure ser más claro!

              —Trataré de ser lo más claro posible con lo que voy a exponer a continuación. ¡Efectivamente!, fueron ellos los que tendieron la trampa a los gentiles para que fuese condenado a morir en la cruz entre 2 ladrones, y se cumpliese así la promesa hecha a sus padres referente a Cristo.

         (F).—Entonces, ¿quiere ello decir que es usted el Cristo?

              —¿Cómo quiere que le diga que yo no soy el Cristo?

         (F).—Creo que —dirigiéndose al Jurado con aspecto contrariado—, ustedes han escuchado también, como yo, que él murió para ser el Cristo; y ahora cuando le pregunto si él es el Cristo, lo niega.

         Los Señores del Jurado asintieron con la cabeza y el Fiscal se volvió hacia el Señor Juez y le dijo:

         (F).—Con la venia, señor. Las respuestas del acusado muestran contradicciones evidentes y siempre sale con evasivas; tan pronto dice que es el Cristo, como luego lo niega. Por ello le pido que inste al acusado a responder sin ambigüedades a mis preguntas, pues no estamos aquí para resolver enigmas sino para revisar su causa y ver si es culpable o inocente.

         (J).—Dirigiéndose a mi defendido— Limítese a contestar claro a las preguntas que le hace el Fiscal.

              —Yo ya respondo del modo más claro que me es posible a las preguntas del Fiscal, pero es él quien se sale del tema por el que estamos aquí, ya que a quien se está juzgando es al hombre y no a Cristo. Cuando estuve en la Tierra con mis amigos, tampoco ellos me entendieron. Aquí se está revisando el expediente de un hombre que fue juzgado hace 1986 años, para saber si era inocente o culpable; ¡y ese hombre soy yo!

         (J).—¡Tiene razón el acusado! —dirigiéndose al Fiscal— ¡Limítese a preguntar al hombre, y déjese de querer saber nada más, pues aquí es al hombre y no al Cristo a quien se está juzgando.

         (F).—Con la venia, señor. Proseguiré como usted indica —con una mueca de disgusto— Entonces, ¿Fue justa la sentencia? ¿Es usted inocente o culpable? —preguntando nuevamente al acusado—.

              —Ante mi pueblo era inocente, pero ante los gentiles culpable.

         Esta respuesta de mi defendido acabó con la paciencia del Fiscal, que girando en redondo se dirigió al jurado y dijo llevándose las manos a la cabeza:

         (F).—Señores del Jurado este hombre parece querer reírse de nosotros, ya que a cada una de mis preguntas responde con frases de doble sentido, y de seguir así será imposible que lleguemos a saber nunca si fue culpable o inocente.

         Luego, dirigiéndose hacia mi mesa me dijo:

         (F).—¡Haz el favor de decirle a mi defendido que responda a mis preguntas!

         (A).—Amigo mío, ya te advertí antes de entrar que si no sabías utilizar «la espada de 2 filos» se volvería contra ti; pero como estás ciego no ves al hombre que tienes delante con «la espada» en su boca. La pregunta que tu le has hecho ha sido bien respondida, porque tiene dos respuestas y ambas responden a la pregunta.

         Jonatán se quedó tan ensimismado que tuve que decir su nombre para ver si despertaba. Entonces reaccionando dijo:

         (F).—Tienes razón, ahora comprendo lo que quería decirme con lo de «la espada de 2 filos». ¡Gracias por haberme despertado! Ya va siendo hora de que cambie de táctica en mis preguntas, ya que de haber seguido el interrogatorio de esta manera, hubiese terminado antes de empezar.

         F).—¡Bien! —dirigiéndose a mi defendido—, perdone si he sido demasiado brusco con mi interrogatorio, pues reconozco que me había engreído en el papel de fiscal, pasando por alto las preguntas que correspondían al sumario. A partir de ahora me ceñiré a él.

         Después de disculparse con el acusado hizo lo propio con los Señores del Jurado, diciéndoles:

         (F).—Señores, ruego me disculpen por mi extraña conducta anterior; me he dejado llevar por mi orgullo herido de fiscal al pensar que este hombre se estaba riendo de mi. Por fortuna, he decidido consultar a tiempo con el Abogado Defensor quien ha sabido recordarme que este es el juicio de un hombre y que si no le hacía las preguntas correctas, éstas se volverían contra mi dejándome sin la anhelada respuesta, como así ha ocurrido.

         Hechas las aclaraciones oportunas se dirigió nuevamente al acusado, diciéndole:

         (F).—¡Bien! Doy por contestada la pregunta. Pero, ¿no es verdad que usted entró en el templo con un grupo de hombres armados y empezó a golpear a los allí presentes tirando por tierra los puestos que tenían?

              —¡Sí!

         (F).—¿Podría usted explicarnos el motivo de este acto violento?.

              —¡Si! Esto que usted llaman acto violento era una señal para ustedes los gentiles; ello sirvió para enfatizar mis palabras cuando dije que la Casa de mi Padre sería «...12...“...Casa de oración...”...» (Mt. 21, 12-13) y no un mercado, que es en lo que lo han convertido ustedes, al promover la venta de armas entre los hombres para que se maten entre ellos, con el único fin de amasar grandes fortunas.

              Tras escuchar estas palabras, el Fiscal mira instintivamente al Juez como requiriendo su aprobación.

         (J).—¡Tiene razón! —respondiendo a la mirada del Fiscal— ¡Prosiga con el interrogatorio!

         Seguidamente, el Fiscal avanza hacia los Señores del Jurado, pero a mitad del trayecto se da la media vuelta y dirige una nueva pregunta a mi defendido:

         (F).—Entonces, ¿también es verdad que usted dijo a sus hombres que vendiesen su manto y comprasen una «...34...“...espada...”...» (Lc. 22, 34-36)?

              —¡Sí!

         Esta afirmación provocó una fuerte discusión en el Jurado y el Juez tuvo que intervenir una vez más; ahora con tono amenazante, rogó silencio advirtiéndoles que iba a ser la última vez que les llamaba la atención y recordándoles también que su principal misión en la sala era la de escuchar y no la de hacer comentarios, para los cuales ya dispondrían de tiempo a la hora de deliberar el veredicto. Los Señores del Jurado obedecieron al instante con un silencio forzado, sin poder ocultar el gesto de agresividad contenida con el que se miraban, cual lobos hambrientos a punto de lanzarse los unos contra los otros. Entre tanto, el Fiscal tomó nuevamente la palabra:

         (F).—Entonces, ¿reconoce usted que entró en el templo, pegó a los que allí estaban, les tiró los puestos y amenazó con que no fuesen más? y ¿reconoce también que mandó a sus hombres que comprasen armas?

              —¡Sí!

         (F).—Este hombre se está condenando con estas declaraciones —dirigiéndose al Jurado—, pues no ha rechazado ninguna de las acusaciones efectuadas por el Ministerio Fiscal. Pero mi misión como fiscal es demostrar a ustedes con las pruebas que tengo en mi poder, que era merecedor de la pena de muerte en los tiempos en que fue juzgado. Y puesto que todavía tengo más preguntas para hacerle, me veo obligado a continuar con el interrogatorio, posibilitándole así mismo una defensa con la que pueda mostrar su inocencia; aunque esto último me parece muy difícil tras las mencionadas pruebas y las palabras condenatorias que han salido de su propia boca. Palabras que ninguno de los considerados creyentes de la religión cristiana o gentiles, como los llama el acusado, sería capaz de negar, puesto que irían contra su propia fe por ser ellos mismos los que han convertido en su Dios a este hombre; sería como tirarse piedras a su propio tejado.

              Estas palabras del Fiscal crearon una profunda conmoción entre el Jurado, de donde comenzó a salir un murmullo ensordecedor. Ante la imposibilidad de continuar en estas condiciones, el Señor Juez se vio obligado a intervenir con contundencia dando unos golpes con su maza para llamar al orden, pero de nada sirvió; ellos continuaban discutiendo en un tono cada vez más acalorado. Pero la segunda intervención del Juez fue definitiva; ante la imposibilidad de disuadirles con palabras, optó por suspender la vista hasta el día siguiente a las diez de la mañana:

         (J).—En vista de que no saben comportarse como personas representantes de un Jurado, no tengo más remedio que suspender la sesión. Y levantándose salió de la sala seguido de los 24 ancianos.

 

3.2. EL ACUSADO INSTRUYE AL FISCAL

         El Fiscal, mi defendido y yo, permanecimos en la sala esperando que salieran los Señores del Jurado; y cuando nos quedamos solos, Jonatan le dijo a mi defendido:

         —Usted acaba de conceder una espada a cada uno de los miembros del Jurado y en lugar de favorecer la paz dialogada para que pudiesen emitir un veredicto justo, lo único que ha logrado es enfrentarlos para que no se pongan de acuerdo y luchen entre ellos. Sinceramente, veo muy difícil que su expediente se pueda cerrar ya que en estas condiciones, el Jurado no podrá emitir un veredicto, ni en contra ni a favor. Los católicos pensarán que es usted el anticristo y para aquellos que no siendo cristianos, sigan alguna corriente filosófica o esotérica, le tomarán por un maestro que viene a dar la razón a sus teorías.

         —Me gustaría que tu defendido comiese con nosotros —ahora, dirigiéndose a mi—, pues quisiera dialogar con él a cerca de aspectos de su personalidad y vida sobre los que tengo muchas dudas. Mucho tuvo que querer al hombre para dar su vida por ellos.

         —Usted mismo a puesto el dedo en la llaga al decir que yo he separado a los miembros del Jurado enfrentándolos; y eso tiene que ser así para que se cumpla lo que dije:«...34 “No penséis que vine a traer paz sobre la Tierra, no vine a traer paz, sino espada...”...» (Mt. 10, 34-36). Nunca dije que iba a terminar con las guerras, al contrario, manifesté mi deseo de que la Tierra ardiese: «...49 “Vine a traer fuego a la Tierra, ¡y cuanto deseo ya que arda...”...» (Mt. 12, 49). Tampoco dije que yo era bueno y eso también aparece claramente en mi expediente con la respuesta que doy a alguien que me califica de ese modo: «...17...“...¿Por qué me llamas maestro bueno?...”...» (Mc. 10, 17-19). Por eso, jamás me han entendido los gentiles, porque no se han preocupado de aprender mi lenguaje a pesar de que insistí una y otra vez a mis apóstoles de que debían aprenderlo:«...43 “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje?...”...» (Jn. 8, 43) y esto también está reflejado en mi expediente. Ahí reside también el motivo por el cual afirmé que el padre y el hijo entrarían en contradicción, enfrentándose el uno al otro: «...“...35 Sí, he venido ha enfrentar al hombre con su padre, a la hija contra su madre, a la nuera con su suegra...”...» (Mt. 10, 35-37). Y todo esto era un mensaje para ustedes, pues es hoy cuando están sucediendo estas cosas, estamos viviendo un gran conflicto generacional entre padres e hijos y madres e hijas, por causa de ideales políticos y religiosos encontrados que ha degenerado hasta la pérdida del respeto entre ambos. A ellos me refería también, cuando expuse repetidas veces a mis apóstoles que: «...“...18¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?...”...» (Mc. 8, 17-19) y que solo encontrarían la Fe cuando viniese el Hijo del Hombre a la Tierra: «...31 “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria...”...» (Mt. 25, 29-46)

         A estas palabras siguió un silencio que rompió mi amigo el fiscal:

         —Esto que usted dice es una realidad, pero ¿cree que el hombre la podrá entender?

         —¡No!, esto le ocurre al hombre por falta de inteligencia; el hombre es sabio, pero no inteligente, y por eso viene a este mundo, para aprender a ser inteligente.

         —Sus palabras son una gran ofensa para la dignidad del hombre —mirándole muy serio—.

         Entonces, intervine yo dirigiéndome a ambos, haciendo esta propuesta para sosegar más el diálogo:

         —Que os parece si nos vamos a comer; podemos continuar con el tema mientras tomamos el café.

         Los dos aceptaron gustosos mi proposición y nos fuimos al hotel a comer. Allí nos llamó la atención la disposición de los Señores del Jurado durante la comida; se encontraban divididos en pequeños grupos separados y al vernos llegar se hizo un silencio repentino. Luego, de uno de los grupos salió un hombre que acercándose a mi defendido le dijo:

         —¡Oiga! ¿Es usted el Cristo?

         —¡No! — le respondió mi defendido con una sonrisa.

         —Entonces, ¿qué pinta usted en este juicio? Pues todos sabemos que es Jesús el Cristo, el de los Evangelios; y usted lo único que está haciendo de esta manera, es manchar el nombre de Dios.

         —Usted —le contesta mi defendido muy serio—, lo primero que tiene que hacer es leer bien los Evangelios y luego juzgar; por lo que veo, es unos de esos que ni comen ni dejan comer; o mejor dicho, utilizando las palabras que están en los Evangelios, «...13...“¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren!...”...» (Mt. 23, 13). Por eso le voy a dar este consejo: «...5...“quita primero la viga de tu ojo y entoces verás claro para quitar la paja que hay en el ojo de tu hermano...”...» (Mt. 7, 3-5). ¡Buenas tardes! —dirigiéndose a continuación hacia una mesa vacía.

         Nosotros nos miramos sorprendidos por la naturalidad e inmutabilidad con que respondió mi defendido a la pregunta tan seca que le acababan de hacer. El autor de la pregunta por su parte, hizo un gesto muy elocuente, como de haber visto al mismísimo «...2...Satanas..» (Ap. 20, 1-3); luego volvió rápidamente a su grupo, mientras se santiguaba. Sus compañeros, al ver la expresión que traía le acosaron a preguntas, y por sus gestos, parecía que también viesen demonios por todas partes; nos miraron, y abandonaron todos el lugar precipitadamente, «como almas que lleva el diablo». Nosotros, no saliendo de nuestro asombro, nos dirigimos a la mesa de mi defendido que nos esperaba bebiendo una copa de vino; una vez sentados a la mesa nos dijo:

         —¡Beban un poco de vino, que bien se lo han ganado!

         —Ha estado usted muy acertado respondiendo a ese hombre —le contestó Jonatan— ¡Le ha dejado cortado!

         Yo, miré a mi defendido y con una carcajada le dije:

         —¡Cualquiera diría que han visto al diablo!

         Mi defendido, levantando la copa al modo de brindar y poniendo una expresión en su cara como de querer asustarnos, dijo:

         —Esto les ocurre siempre a todos los gentiles que hablan de mi sin conocerme; luego cuando de verdad me presento a ellos, se niegan a reconocerme, pues desconocen mi voz; por eso dije: «...27 “Mis ovejas escuchan mi voz...”...» (Jn. 10, 27). Pero también advertí sobre los lobos disfrazados de corderos quieren devorar a mis ovejas: «...15 “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces...”...» (Mt. 7, 15-20); y por eso han hecho mi nombre odioso a los hombres «...9 “...y seréis odiados a causa de mi nombre...”...» (Mt. 4-28) porque sus muchas oraciones solo han servido para inculcar el odio contra «mi pueblo», pero no saben que «mi pueblo» es el único en la Tierra que tiene una herencia recibida de su Dios. ¡Dígame usted que pueblo en la Tierra tiene una herencia semejante! El único modo que los hombres disponen para arrebatar esta herencia a mi pueblo es por medio de un tribunal, pues para este caso tampoco les sirve el tan utilizado recurso de las armas. Pero nadie podría presentar ningún documento acreditativo de ser el dueño de dicha herencia, ni aún del terreno que pisan sus pies y sus dioses, ya que estos nunca les prometieron nada; y por eso se han fabricado los gentiles su propio dios con una imagen que carece de parecido alguno conmigo. Cada vez que los hombres se crean un dios, necesitan hacer grandes sacrificios de sangre humana; y si las imágenes creadas por los gentiles, pudiesen devolver toda esa sangre derramada por ellas, correrían por el mundo ríos del colorado líquido que llegarían a teñir los mares. Y esta es una prueba que ustedes no pueden negar, porque todavía hoy en día continúan matando gente que no procese su religión.

         Tras decir esto, guardó silencio y apuro el último trago de vino. Nosotros bebimos con él como si se tratara de un brindis. Luego mi amigo le dijo mirándole con asombro:

         —Usted es un hombre muy extraño, ¿cómo podemos comprobar que es en verdad quien dice ser? Las respuestas que usted da a todas las preguntas que se le hacen están en los Evangelios y de igual modo podría responderlas cualquier investigador de la Biblia. Pero usted no habla como los sacerdotes y los maestros religiosos; usted habla con respuestas que bien meditadas, nos llevan a reconocerlo como el único que puede darlas de ese modo: Jesús el Cristo. Sin embargo niega ser el Cristo y afirma al mismo tiempo que es el Hijo del Hombre, ¿cómo es posible llegar a comprender esto?

         Cuando mi defendido se disponía a contestarle, yo le interrumpí diciendo:

         —¡Bueno!, vamos a comer antes de que se nos enfríe la comida; ya dispondremos de tiempo después para hablar... Ellos asintieron y nos pusimos a comer. Ninguno de los tres intercambiamos una palabra durante la comida. Yo observaba a mi amigo mientras comía; era como si quisiera leerle el pensamiento al acusado, para descubrir algo que pudiese darle una pista sobre ese extraño hombre que hablaba como Cristo pero presentaba sin embargo el aspecto físico de una persona corriente. No se parecía en nada al Cristo que nos enseñan los sacerdotes en los templos, ni al Jesús de Nazaret que vemos pintado en los museos... Mientras yo pensaba todo esto, los dos comensales rompieron el silencio, expresando mi defendido su satisfacción por la comida:

         —¡Este cordero estaba en su punto! ¡Hacía tiempo que no comía un cordero tan bien preparado! En este hotel parece que tienen un buen cocinero; el vino también está bueno y ya solo falta que el café esté también de acuerdo con la comida. —Y sonriendo añadió— ¿Qué dicen ustedes?

         Mi amigo le miró con un gesto de satisfacción respondiéndole:

         —¡Me alegro de que le haya gustado la comida!, en este hotel dan muy bien de comer, y no es nada caro...

         Yo asentí con la cabeza. Entre tanto, los otros comensales iban abandonando sus mesas para acercarse hacia nosotros con la excusa de desearnos buen provecho; todas sus miradas se posaban en mi defendido, como queriendo encontrar alguna señal con que poderlo reconocer. Pero al parecer, no la hallaron...Jonatán hizo el siguiente comentario al respecto:

         —¡Parece ser usted la atracción de todas las miradas!

         —No es de extrañar que deseen saber quien soy, ya que mi caso es único en toda la historia; soy el mismo protagonista que está reviviendo el mismo juicio al cabo de 1986 años. Por eso, yo ya sabía que iba a ocurrir esto al igual que la primera vez en mi pueblo, y ustedes no tienen más que leer el pasaje correspondiente en los Evangelios; cuando estuve con mis hermanos les hice la misma pregunta: «...9 “...¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?...”...» (Jn. 14, 19); y esa misma pregunta es la que hizo José a sus hermanos cuando fueron a Egipto: «...7 Vio José a sus hermanos y los reconoció, pero él no se dio a conocer, y hablándoles con dureza les dijo: “¿De dónde venís?”...8 O sea que José reconoció a sus hermanos, pero ellos no le reconocieron...» (Gn. 42, 7-8). Siempre he sido el mismo.

         Dicho esto, nos levantamos para dirigirnos a la cafetería del hotel que estaba situada en otro salón y mientras caminábamos hacia él, se hizo un significativo silencio. Allí, todas las miradas de los presentes volvían a caer sobre nosotros, acompañadas de un suave murmullo que se dejaba oír a nuestro paso; tomamos asiento y se nos acercó un camarero preguntándonos lo que íbamos a beber, a lo que respondió mi amigo que tres cafés completos. Desde muestra mesa, situada en un rincón del mirador, podía divisarse un hermoso paisaje. Yo saqué mi paquete de tabaco y ofrecí un cigarrillo a mis dos camaradas; los encendimos, y recreamos nuestra vista mirando por el gran ventanal, mientras el camarero se iba por los cafés. Era sin duda un bello paisaje; frente a nosotros, el ancho mar se presentaba majestuoso, adornado con tonos de vivos colores azul y verde esmeralda; a la derecha el puerto de los pescadores, donde un grupo de mujeres remendaba las redes extendidas por el suelo, mientras rudos hombres de mar cargaban cajas de pescado en el barco; al otro lado teníamos el Club Náutico donde yacían amarrados los veleros y balandros más caprichosos. Jonatan, señalando los barcos, le dijo a mi defendido:

         —¿Cómo ha encontrado usted el mundo desde que se fue hasta ahora?

         —¿Por qué lo iba ha encontrar cambiado si yo nunca he salido de él?

         —¿Cómo dice? —perplejo— ¿Qué ha estado siempre en el mundo? Entonces, ¿por qué decían sus apóstoles que le habían visto ascender al cielo?

         —¡Sí!, tiene usted razón, pero el que ascendió al cielo fue Cristo; aunque también dije que yo estaría siempre con ellos: «...“...20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”...» (Mt. 18, 20).

         A mi amigo se le cayó el cigarro de la boca al escuchar tamaña respuesta; entre tanto, vino el camarero con los cafés, los sirvió y se fue; Jonatan, reponiéndose, exclamó:

         —¡Así que ya estamos otra vez con la dichosa espadita!

         Mi defendido y yo rompimos a reír a carcajadas, llamando la atención de los situados en la mesa contigua, que miraban extrañados. Jonatan todo furioso por nuestra actitud replicó diciendo:

         —¡Parece que tu defendido me quiere tomar el pelo! ¡Siempre que le pregunto algo me responde de una manera que no hay quien la entienda! —Seguidamente añadió todo serio— ¡Sabes lo que te digo, que te busques otro fiscal y a mi me dejas donde estaba que me encontraba muy a gusto! ¡Desde que me sacaste de tu mente no me llevo más que berrinches con todo este jaleo que te has montado para revisar el expediente de un hombre que murió hace tanto tiempo! ¡Mira los follones que has armado en todo el mundo! ¡Y no se te ocurre otra cosa que traerme a mí como fiscal! ¡Podías haberme dado el papel de portero de este hotel!

         Yo escuchaba a mi amigo sin poder contener la risa. Entonces intervino mi defendido diciendo:

         —¡Bueno! Será mejor que dejemos esto y tomemos tranquilos el café.

         Eso fue lo que hicimos, y después de estar un rato mirando el espectáculo que ofrecía el puerto, mi defendido se levantó y con una sonrisa dijo:

         —Tengo que marcharme, pues mañana deberemos continuar con el interrogatorio; y despidiéndose con un adiós, se fue.

         Todas las miradas del recinto le siguieron hasta perderle de vista. Jonatan y yo nos quedamos un poco tristes; y él, como si estuviese hablando solo, manifestó:

         —Es una pena que se haya marchado tan pronto; yo esperaba tener una conversación con él sobre su vida, pero parece que trata de esquivar el tema cuando le hago mis preguntas.

         —El no quiere responderte eso que tu deseas saber fuera de la sala del Palacio de Justicia —ofreciéndole un cigarrillo—, pues debe comunicarlo de modo que sea escuchado por los Señores del Jurado.

         Mi amigo dejando perder su mirada tras la estela de un barco pesquero que salía del puerto, me dijo:

         —¿No es curioso que estemos observando los barcos de pesca? ¿Qué efecto le habrán producido a tu defendido estos barcos y sus pescadores? ¿Crees tu que le habrán hecho recordar su pasado?

         —Para El no hay pasado ni futuro, solo presente.

         —¿También has aprendido el lenguaje de tu defendido?

         —Mira, mi defendido es un hombre diferente a los demás; Él es la Eternidad. Para El no existe ni el pasado ni el futuro, solo el tiempo presente. ¡Cómo te lo explicaría! Es el constructor de un gran reloj, un reloj que solo El lo pone en hora y que nadie puede adelantar ni atrasar en lo más mínimo. De ahí la respuesta que dio Jesús a la pregunta de cuando sería el Juicio Final: «...“...36 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre”...» (Mt. 24, 35-36). ¿Qué quiso decir con esto? Quiso decir...mira te voy a poner un ejemplo: Tu como fiscal, ya sabes que para determinar la vista de un juicio, el día y la hora no los pone ni el abogado defensor, ni el fiscal, sino el señor juez. Por eso, si un cliente va a preguntar a su abogado cuando será el día del juicio, éste podrá darle un fecha aproximada referente a lo más al mes, pero nunca el día y la hora. Del mismo modo, mi defendido les habló diciendo: «...“...20 Orad para que vuestra huida no suceda en invierno ni en día de sábado”...» (Mt. 24, 20); y con ello se refería al mes de febrero, ya que este es el mes de Acuario, y Acuario es el alquimista que mezcla el espíritu con la materia. Este es el lenguaje que utilizó mi defendido con los gentiles, por medio de parábolas como la del «...45 “...Señor ...47...de toda su hacienda...”...» (Mt. 24, 45-51) y la de «las diez vígenes» (Mt. 25, 1-13), donde les exhortaba a que se mantuvieran vigilantes; pero éstos nunca pudieron comprenderle porque era un lenguaje dirigido a los hermanos de Él. ¿Lo comprendes ahora?

         —¡Sí!, pero, ¿con ello quieres decir que el hombre no es dueño de su destino?

         —Efectivamente, el hombre es una pequeña computadora que está programada con otra computadora mayor que es nuestro universo. Por eso dijo Él que ponía y quitaba reinos, para darnos a entender que aunque el hombre se crea el artífice de los cambios de gobierno, en realidad todos sus actos están programados antes de nacer: «...10 Dícele Pilato: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”. 11 Respondió Jesús: “No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.”...» (Jn. 19, 10-11). Su cerebro es como un gran tablero de ajedrez, y el mundo en que vivimos es la materialización de ese tablero donde los dioses juegan las partidas. Es decir, el hombre representa las piezas de este ajedrez y las dos jugadores que se enfrentan son la Vida y la Muerte o el Bien y el Mal como se diría en el lenguaje religioso. Esta es la última partida entre la Vida y la Muerte.

         Tras decir esto, hice un silencio y saqué un cigarrillo que ofrecí a mi amigo; yo me llevé otro a la boca y el me dio fuego, encendiendo después el suyo. Seguidamente, aspiró una honda calada y quedó absorto siguiendo con la mirada la bocanada de humo que se iba disipando en el aire conforme salía de su boca... hasta que de pronto, se golpeo la frente dándose una palmada, como si hubiese recordado algo importante, diciéndome seguidamente:

         —¡Ahora comprendo el lenguaje que habla tu defendido!

         Yo le escuchaba sorprendido, pues por sus gestos parecía haber descubierto la pólvora; después de soltar otra bocanada de humo prosiguió diciendo:

         —¿Quién dijo, «yo he vencido a la muerte»?

         —¿Quien lo iba a decir si no el Cristo? «...33 “...¡ánimo!: Yo he vencido al mundo.”...» (Jn. 16, 33) —le contesté sorprendido.

         No había terminado de pronunciar la última palabra cuando mi amigo volvió a exclamar:

         —¡Claro que es una partida de ajedrez! Y para conocer las piezas de cada jugador, a quien le tocan la blancas y a quien las negras...—entre risas.

         —Yo me quedé mirándolo sin entender lo que decía ya que no paraba de reírse; cuando se calmó, le pregunté:

         —¿Puedes decirme lo que te pasa?

         —Pero, ¿no has entendido lo que te he dicho?

         —¡No!

         Mi amigo tomó la copa de coñac, dio un sorbo y apartando la vista hacia unos señores situados en la mesa contigua me dijo como si estuviera hablando consigo mismo:

         —Entonces estos son simples peones que ignoran su condición, capaces de matarte si se lo dices. Y es que cuando comprendes el lenguaje de tu defendido, te das cuenta que todo está programado y el hombre no es más que un simple peón en este juego donde unos hacen el papel de rey, otros de reina, de alfil, de caballo, de torre y el resto de peones. ¿Tu que dices a esto?

         Le contesté mirando hacia el mar, donde se dibujaba la silueta de un barco de la Sexta Flota Americana que fondeaba en la bahía y al que se aproximaba una lancha portando gente para verlo de cerca:

         —¡Sí!, fíjate bien y verás que frente a nosotros está una de las piezas del ajedrez; esa pieza es la torre.

         Jonatan, mirándome muy serio me dijo:

         —¿No estarás insinuando que los americanos son un enemigo de Europa? Como bien sabrás, son nuestros aliados, y es gracias a ellos por lo que los rusos no se atreven a declarar la guerra.

         —Tu sabes que Estados Unidos y la Unión Soviética son las piezas clave de esta partida de ajedrez. Estas dos grandes potencias representan a los dos jugadores que están jugando la partida con igualdad de piezas, y es muy posible que terminen en tablas.

         —¿Y como sabes que finalizará de esa manera y no un jaque mate de alguno de los dos?

         —Estos dos jugadores no pueden darse jaque mate y rendirse hasta no haber agotado antes todos los recursos que son sus peones y representan a las naciones del Tercer Mundo donde ellos nivelan sus fuerzas. Voy a decirte una cosa ahora que ya has aprendido el lenguaje cabalístico, que creo, te va a ayudar mucho en el juicio de mi defendido pues el lo utilizará para su defensa. Este año de 1986 es el señalado para el combate de «las dos bestias» (Ap. 13, 18) en el cielo; y para que llegues a comprender esto, lo primero que debes hacer es aprender el lenguaje de los símbolos, para una vez situado en nuestro tiempo actual, ir bajando escalones progresivamente. Así los Señores del Jurado podrán comprobar que todos tienen razón en sus enseñanzas, ya que aportan su parte de verdad o trocito de ese gran mosaico que una vez unido a todas las demás piezas, compondrán el grabado real de lo que significa. Como te iba diciendo, estamos en el año 1986, año del último combate de la Bestia cuyo número cabalístico es el «666» (Ap. 13, 18). Este número está en la pirámide, en Egipto, y los egiptólogos que lo encontraron en el suelo de su interior le pusieron el nombre de rastrillo; representa también una fecha y una clave para reconocer las otras fechas clave de la historia. Además, es un número patrón junto con el número pi de la geometría, y la prueba de que es el número elegido por los maestros de la cábala está en que aparece repetido, y no por casualidad, en dos sitios diferentes: en la pirámide como ya te he dicho, indicando una fecha para el cristianismo y en el Apocalipsis de la Biblia. Así, su suma nos daría otra fecha histórica, 1332. Pero existe aún una tercera referencia del famoso número 666 que se encuentra en los escritos del profeta vidente Nostradamus; la suma de este con la última fecha obtenida nos da como resultado el año 1998, que coincide con la que también dio dicho profeta. Todos los futurólogos indican que es la fecha en la que el hombre se encontrará al borde de una guerra mundial que podría acabar con nuestra civilización.

         Mi amigo que escuchaba muy atento, mientras hacía anotaciones en una libreta, me rogó que continuara mostrando gran interés. Cuando terminó de escribir le dije:

         —Pero todo esto no termina en este número, pues tomado como único dato podría pensarse que es un engaño o una simple operación de matemáticas. Tenía que haber más referencias que lo apoyasen, ya que alguien lo había puesto para que sirviese de base; esa referencia se encuentra en el «Libro de los Siete Sellos» (Ap. 5, 1-25).

         Jonatán se me quedó mirando y me preguntó que libro era ese que según el Apocalipsis solo lo podría abrir aquel que lo supiera leer.

         —Este libro son las 78 láminas del Tarot —mostrándole el reverso de una de ellas—.

         Al ver esto me dijo todo sorprendido:

         —¿No querrás decir que este Libro de los Siete Sellos son las cartas que utilizan para leer el porvenir?

         —¡Sí!, estas cartas las usan los que se dedican a leer el porvenir, y constituyen el libro que se llevó Moisés del templo de los Hierofantes cuando estuvo en Egipto; el mismo Moisés lo disfrazó y entregó al pueblo para que empleado como juego de adivinación llegara hasta nuestro tiempo. Luego cada pueblo las a disfrazado a su manera y de ahí procede el sentido de esas fiestas llamadas Carnaval que representan a los dioses disfrazados entre los hombres para no ser reconocidos. Como observarás más adelante todo esto tiene un significado semejante al de un rompecabezas, que una vez montado se transforma en una imagen que todos pueden ver y entender. El problema está en que todos tienen un cachito de este rompecabezas pero no se ponen de acuerdo a la hora de ajustar esas piezas. Cuando lo consigan podrán ver terminado el trabajo que les mandó hacer el constructor; por eso dijo que esta es la piedra que rechazarán los constructores: «...42...“La piedra que los constructores rechazaron se convertirá en piedra angular...”...» (Mt. 21, 42-44)

         —Bueno, sigue, que me tienes muy intrigado con lo que acabas de decirme; ¿Este año es el año de la Bestia?

         Yo continuaba mirando aquel barco de guerra, y encendiendo un cigarrillo le dije:

         —¿Qué te parece el número 6? ¿No te dice nada? ¿No es curioso que la Sexta Flota Americana sea la dueña del Mediterráneo?

         —¿Qué tiene que ver todo esto con el número 6 y la Sexta Flota Americana.

         —Aquí es donde empezamos a unir los trozos de las piezas de este mosaico, y verás como se va formando el libro de la historia en el que se nos avisa de la fecha y del peligro que nos acecha si no cambiamos. De ahí la pregunta anterior; pero antes de continuar con las respuestas es preferible que te haga algunas aclaraciones más con respecto a la fecha de 1998, para que no te líes y las comprendas mejor. Estas piezas que te digo, tienen una clave con la que deben reconocerse y poder montar después el rompecabezas; claves que se encuentran en el Testamento de mi defendido, para ser utilizadas en su defensa.

         —Entonces, ¿No vas a usar esto en el juicio?

         —¡No!, porque mañana, cuando lo interrogues, llegarás a comprender lo que dice. El Jurado también posee el expediente, y si se unen todos sus componentes reuniendo las piezas que cada cual tiene, podrán acordar un veredicto justo. Bueno, volvamos de nuevo al número 6; ahora podrás ver que estas cartas del Tarot nos hablan y leen nuestro porvenir como si fuese un libro, con la ventaja añadida de que cada carta descifra muchas cosas y nos da a conocer además el personaje que está oculto en su disfraz. Por eso te he dicho, y te vuelvo a repetir que si no conocen el idioma en que está escrito este libro, no pueden leerlo —mostrando el anverso de la carta que tenía en la mano—. La Lámina VI representa a la letra sagrada hebrea cuyo nombre es vau, siendo su jeroglífico el ojo y el oído. Como recordarás, mi defendido siempre les decía que tenían ojos y no veían, oídos y no oían; y esto es precisamente lo que nos está ocurriendo en estos momentos y lo que nos dice esta carta, instándonos a que abramos nuestros ojos para ver la amenaza de guerra mundial que representa la presencia de la Sexta Flota Americana en el Mediterráneo, por desafiar a los pueblos árabes. El símbolo de los árabes es la media luna y representaría a la Luna enfrentada a la Muerte, que es el símbolo de los cristianos. Si sumamos las cifras del año 1986 nos da el número 24, y si repetimos la operación con el nuevo número, nos vuelve a dar el número 6. La carta número 24 del Tarot muestra a una mujer tejiendo y acabando su trabajo, lo que significa que estamos al final de los tiempos. La función de estas cartas es en definitiva la de inducirnos a la vigilancia, prestando atención a los acontecimientos que se desarrollan en nuestro entorno más próximo y en el mundo a través de los medios de comunicación. Este final de los tiempos está marcado por la lucha entre los 2 dioses que se encuentran jugando la partida, representados en el mundo por las dos grandes religiones, la árabe con la fichas negras y la cristiana que mueve las blancas. Europa es la reina de las blancas en jaque por el caballo de las negras, que amenaza simultáneamente también a la torre de las blancas, siendo el jugador de las mismas la Muerte, cuyo símbolo es la Cruz. Dicho jugador esta ante un dilema, pues no desea perder ninguna de las 2 piezas y para ello la única opción que le queda es la de dar constantemente jaque al Rey Negro con los peones, los alfiles y las torres. Así las cosas, la partida depende de esta última jugada que hagan las blancas y la dama que está tejiendo indica que se les acaba el tiempo. Este es el auténtico significado de esas dos cartas. La realidad es que Estados Unidos a utilizado siempre a Europa como campo de batalla y los gobiernos europeos no se dan cuenta de esta maniobra.

         Terminada esta explicación, mi amigo me dijo mientras miraba al barco de guerra:

         —Tienes razón nunca se me había ocurrido pensar que estuviésemos en un peligro tan inminente, y tu explicación es como si de verdad, me estuvieses leyendo estas cartas.

         Después de estas palabras se hizo un silencio prolongado que ninguno de los dos parecía querer romper, hasta que Jonatán intervino nuevamente diciendo:

         —Todo eso que has dicho está muy bien, pero ¿cómo puedes hacérselo comprender a los hombres con estas cartas y estar tu seguro a la vez de que no es una mera coincidencia?

         —Mira —sacando unas cartas del Tarot—, voy a explicarte lo que estas cartas son. Cuando mi defendido estuvo con sus hermanos les enseñó las claves para que supiesen donde tenían que buscar. Estas claves se encontraban en este libro que contenía el lenguaje oculto y que nadie sabe leer. Por eso les dijo: «...“...22 Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto...”...» (Mc. 8, 22); indicándoles hacia los libros de ocultismo. Luego, para que se cerciorasen mejor, les dio otra clave cuando dijo: «...“...36 David mismo dice, movido en el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra que yo pondré a tus enemigos bajo tus pies’...”...» (Mc. 12, 36); esta les conducía a varios Salmos del Rey David, que recogen las 22 letras del Alfabeto Hebreo donde encontraron el mencionado libro del Tarot.

         —¡Bien!, pero esto tiene un fallo, pues la palabra Tarot es francesa y sin embargo hablas de 22 letras hebreas; ¿Cómo explicas esto?

         —Es cierto, pero todo tiene una explicación. Esta palabra francesa también guarda una clave que servirá para desenmascarar a más de un embaucador que intente hacerse pasar por adivino o Cabalista; pero, sigamos antes con los símbolos de nuestro tiempo. Como habrás visto, las dos cartas anteriores nos están avisando de un peligro que no queremos ni oír, ni ver. Ahora, analicemos un segundo símbolo: La Paloma de la Paz. Este es el símbolo que utilizaron los socialistas y que todo el mundo pudo ver a través de la retransmisión televisiva del Mundial de Fútbol celebrado en nuestro país en 1982, cuando una paloma salía volando del interior de un balón en el Nou Camp de Barcelona. Vamos a seguir la ruta de esta paloma y verás como nos lleva hasta el principio de la era cristiana. Esta paloma sale de España y recorre todo el mundo transmitiendo a los hombres un mensaje de paz. Su primera parada es en el río Jordán para señalar a un hombre, que es mi defendido. Siguiendo otra vez su vuelo, en esta ocasión nos conduce al arca de Noé; desde allí, como comprobarás, hace tres paradas, y este es un número clave. Pero, no vamos a hablar de números; sigamos con el significado de la paloma y el mensaje que le trae al hombre. Después del diluvio la paloma trajo a Noé un mensaje de paz entre los dioses y el hombre, que decía así: «...“...11 Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra....”...»; y la señal de la promesa consistía en que ÉL pondría el Arco Iris en el cielo para recordárnosla siempre: «...“...13 Yo pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra...”...» (Gn. 9, 11-13). La prueba la tenemos hoy muy evidente; ¿qué está ocurriendo con los ecologistas? Su símbolo es el Arco Iris y no hacen más que alertarnos de que el mundo se encuentra a punto de una catástrofe peor que la del diluvio.

         —¿Sabes?, tienes razón; pero, ¿quien será capaz de ver a Dios si es invisible y como dicen, está en el cielo?

         —Bueno, no quiero entrar en temas religiosos, pero haré una excepción para contestar a tu pregunta. Mi defendido les dijo que el Reino de los Cielos estaba entre ellos: «...20 “...No será espectacular la llegada del Reino de Dios. 21 Ni se dirá: Helo aquí o allí, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros...”...» (Lc. 17, 20-21); y con ello quiso decir que Dios está ente nosotros aunque nadie le conoce. Voy a ponerte un ejemplo: Dios nunca dijo nada al hombre para evitar que pudiese verlo de forma material; por eso dejó siempre sus mensajes en símbolos, en cuentos o leyendas, pero ocurre que el hombre no ha querido aprender este mensaje, de ahí que ande ciego por este templo o laberinto. El mundo esta lleno de símbolos por todas partes, lo único que tenemos que hacer es averiguar su significado; algo similar a lo que ocurre con los cuadros abstractos de los pintores de nuestra época, hay que saberlos interpretar. Volviendo a la paloma de Noé; la primera vez Noé soltó la paloma, esta regresó con un ramo de olivo en el pico y desde entonces este es el símbolo de la paz para los hombres. La segunda vez la paloma volvió trayendo un mensaje para el pueblo judío que decía: «...4 “...Preparad el camino del Señor, haced rectos sus senderos...”...» (Lc. 3, 4-6), dando a entender que el Reino de los Cielos estaba cerca y que los hombres serían destruidos al igual que en su momento lo fueron los gigantes con el diluvio, si no actuaban con justicia e inteligencia. Este es el mensaje que trajo la paloma para los sacerdotes de todo el mundo y se posó sobre mi defendido indicando que sería el hombre que allanaría los caminos del Señor; en eso consistía la promesa realizada al Pueblo de Israel. Por último, cuando le volvemos a ver en nuestro tiempo y por ser manipulada por los hombres, no llegan a comprender ni tan siquiera imaginarse, de que está anunciando su propia destrucción; pues todas las armas que el hombre fabrica están apuntando a esta paloma y de este modo no hacen sino negarse a escuchar su auténtico mensaje de paz.

         Mi amigo, mirando otra vez al barco de guerra y encendiendo un cigarrillo dijo:

         —Tienes razón; ahora empiezo a comprender lo que dices y también a tu defendido. Pero lo que no me encaja todavía es por qué fue condenado por su propio pueblo, sabiendo que Él era el enviado de Dios.

         —Tu no te preocupes ahora por esto —le dije— que mañana ya tendrás ocasión de hacerle cuantas preguntas desees, y el te responderá. Lo que sí resulta imprescindible es que aprendas su lenguaje, de otro modo no lograrás comprenderle; y como se que pierdes los estribos con facilidad...

         —¡Ya estás metiéndote conmigo! —mirándome con cara de muy buenos amigos— ¡Como siempre! ¡Sabes que cuando me pongo la toga no hay acusado que me lleve a su terreno para hacerme caer en la trampa de sus redes.

         —Me acabas de dar una pista para continuar explicándote el lenguaje de las claves que usará mi defendido —después de asentir con la cabeza— recuerda que Él les dijo a sus 12 seguidores que les haría «...19...“...pescadores de hombres”...» (Mt. 4, 19). Y yo te pregunto: ¿Qué es lo que hacen los hombres para pescar?

         —¡Hombre! ¡Cómo se va a pescar!, pues con una red o con un anzuelo.

         —¡Efectivamente!, así se pescan los peces; pero, ¿como se pescan los hombres?

         —¡Con engaño!

         —Tu lo has dicho, con engaño; y eso mismo le dijo el Dios de Israel a su pueblo, que enviaría un espíritu de la mentira para engañar a los hombres, no fuese que viendo entendiesen y se curasen: «...7 Cuando se terminen los mil años, será Satanás soltado de su prisión 8 y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra...» (Ap. 20, 7-8). Y eso fue lo que hizo para vencer a los romanos sin armas, introduciéndose en Roma para sublevar al pueblo contra el emperador y sus generales con la excusa de liberarlos de su esclavitud. Esto dio resultado al cabo de los años, la muerte se sentó en los sitios ocupados anteriormente por los césares y su símbolo sustituyó a los dioses de aquellos.

         —¡Por lo que estás diciendo, más pareces un fiscal que un defensor! —con cara de sorpresa— ¿Cómo puedes afirmar que tu defendido conquistó Roma con mentiras? ¿No querrás decir también con eso que todo lo que predicaron los apóstoles fue una mentira? ¿Acaso el cristianismo es una mentira?

         —¡No!, pero los gentiles nunca se han preocupado de estudiar las palabras que mi defendido decía al hablar en público; lo único que han hecho a sido copiar literalmente los documentos sagrados que los sacerdotes y los escribas tenían del pueblo Judío. Si observas con detenimiento el expediente, verás que los únicos que lo reconocían eran los poseídos por demonios. Y esto quiere decir que por mucho que Él hablase a los hombres, éstos no le comprenderían; por eso cuando les dijo frases como: «...“...11...el Príncipe de este mundo está juzgado...”...» (Jn. 16, 11); que Él moriría en la cruz: «...18 “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte 19 y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.”...» (Mt. 20, 18-19); y: «...“...46 Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí...”...» (Jn. 5, 46); nadie se enteró del verdadero significado de sus palabras.

         —Sigo sin comprender —todavía perplejo.

         —Voy a ponerte un ejemplo para que puedas comprobar por ti mismo que el lenguaje de mi defendido iba dirigido únicamente a sus hermanos. Así podrás entender mejor su expediente y a los testigos que interrogues. Bien, vayamos con el ejemplo:

         «Imagínate a un mejicano que está en un pueblecito de España visitando a unos amigos y les cuenta algunos pormenores del modo de vida que lleva en su país. El mismo mejicano se encuentra más tarde en la calle con un amigo que es pastor y vive en la misma casa donde había estado; éste le pregunta:

         —“¡Hola Juan! ¿Qué tal te va por allá?”

         Juan le responde:

         —“¡Muy Bien, tengo un ‘carro’ de diez caballos; vivo en el centro de la capital, en la ‘cuadra’ nº 23, piso primero; puse en marcha una sociedad con un amigo que tenía mucha ‘plata’; y he venido a España para comprar una ‘vaca’ para el ‘carro’.”

         El pastor le contestó con una sonrisa burlona y un ¡ah! que denotaba también cierta sorna. Cuando el pastor llegó a su casa y comenzó a relatar su encuentro con el mejicano, esto fue lo que dijo:

         —“¿A que no sabéis con quien he estado?, con Juan el mejicano; ¿y a qué no sabéis lo que me ha contado?”

         Antes de que respondiera el mismo a las preguntas que había hecho, su mujer e hijos le dan cuenta de la visita de Juan y le relatan los novedades más relevantes de la misma. Seguidamente, el pastor les dice:

         —“Ahora comprobaréis como yo tenía razón —con una sonrisa pícara— al decir que todos los que vienen de América traen aires de grandeza y exageran lo que cuentan. Pero conmigo, que me conoce y tiene más confianza, no ha querido fanfarronear ni engañarme, y me ha contado toda la verdad. Así, mientras vosotros me decís que ha dicho tener un cadillac, que vivía en la capital y que llevaba un gran negocio con un amigo, resulta que en lugar de ese coche tiene un carro con diez caballos y una vaca; el piso en el que vive está en una cuadra; y el negocio que tiene con su amigo consiste en venderle pesos que el otro se los compra para pesar la plata”».

         Tras escuchar atentamente mi ejemplo, Jonatán me contestó:

         —Bueno, el caso que me has contado no tiene nada de extraño; todos sabemos que en Méjico las calles se llaman cuadras y en lugar de coches y monedas se dice carros y pesos respectivamente; también es sabido que en el lenguaje corriente del pueblo se utiliza el término de plata por el de moneda.

         —¡Sí! —con una sonrisa— para el que conoce estos regionalismos es fácil de entender a que se refería el Mejicano, pero un español que no ha oído hablar nunca de ellos, tampoco comprendería el verdadero contenido de su mensaje; y sin embargo los dos hablan el mismo idioma aunque la interpretación sea diferente. Esto mismo fue lo que sucedió con el lenguaje de mi defendido y el lo deja bien claro en su expediente al decir que hablaba en parábolas para que los de fuera no le entendiesen: «...10...“A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan,”...» (Lc. 8, 10-12). De ahí que cuando interrogué a Herodes admitiera que ya conocía el mensaje, al igual que el propio Buda cuando estuvo con nosotros en el café.

         —Pero entonces, si como dices, este lenguaje es únicamente accesible para los que lo conocen, ¿cómo lo va a comprender el Jurado?; porque entender, si que lo entenderán, como ha ocurrido en el ejemplo que me has contado ya que el español y el mejicano son el mismo idioma aunque difieran en el significado de algunos términos; pero otra cosa es que lleguen a comprenderlo; esto es, a interpretar correctamente el mensaje que se les transmite.

         —Efectivamente, cuando mi defendido hablaba todos le entendía porque hablaba en el lenguaje oficial del pueblo, pero las interpretaciones que hicieron unos y otros de sus palabras, fueron bien distintas. Por eso prometió que enviaría a su abogado, el único que conoce el lenguaje, para que lo enseñara: «...“...26 Cuando venga el Consolador, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí....”...» (Jn. 15, 26; 14, 17; 16, 13); «...1 Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno llegara a pecar, tenemos junto al Padre un abogado: a Jesucristo, el Justo...» (IJn. 2, 1).

         Después de que hube dicho esto, salimos de la cafetería y nos pusimos a caminar sin rumbo fijo continuando con la conversación, y ante su gesto dubitativo tuve que decirle lo siguiente:

         —Mira, será en vano que intentes comprender todo esto que te digo ahora; eso solo lo lograrás conforme continúes con tus interrogatorios en el Juicio, pues son los Señores del Jurado quienes lo han de que escuchar. Por el momento, es mejor que sigamos con los símbolos.

         Mi amigo escuchaba mientras fijaba sus ojos en el barco de guerra que veíamos desde el Paseo Marítimo; y de pronto me dijo:

         —¿Qué ocurriría si en este mismo instante volase por los aires como ocurrió con el acorazado americano Maine en Cuba?

         Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo antes de preguntarle:

         —¿A qué viene esto?

         —La imagen de este barco me traía al recuerdo lo que hicieron los americanos para echarnos de Cuba; algo que pude leer en una revista que salió recientemente, donde se relataba como el acorazado americano explotó debido a un incendio producido en sus carboneras cuando permanecía anclado junto al Santabárbara, lo que les sirvió de excusa para declararnos la guerra y quitarnos Cuba y Filipinas. Y me hacía imaginar a este barco volando por los aires con la consiguiente reacción americana; ¿serían capaces de invadirnos para disponer de la mejor base militar del Mediterráneo, utilizando a España al modo de un gran portaaviones?

         —¡Hombre!, no se si esto llegaría a ocurrir en nuestros tiempos, pero tampoco me extrañaría nada tratándose de ellos.

         Seguíamos mirando el barco, hasta que Jonatán me rogó que continuáramos hablando de los símbolos. Yo, señalándole con el dedo al pórtico de una iglesia cercana le dije:

         —Para un momento y mira, ¿qué es lo que ves?

         —Que tiene un bonito pórtico; ¿qué tiene de extraño?

         —¡Mira bien! —insistí— estás ante un gran «libro de piedra», al que también se refirió mi defendido cuando entró triunfante en Jerusalén el Domingo de Ramos, diciendo que si los hombres no lo alabasen lo harían las piedras: «...10...“Os digo que si éstos callan gritarán las piedras”...» (Lc. 19, 40); y por eso dijo también que sobre la cabeza de Pedro edificaría una Iglesia: «...“...18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”...» (Mt. 16, 18). ¿Nunca has leído a Fulcanelli?

         —¡No! —haciendo un gesto de total ignorancia.

         —Pues este hombre era un gran conocedor del lenguaje de los canteros y los alquimistas que dejaron grabado su saber en piedra, como uno de los secretos más antiguos de nuestros antepasados.¡Mira!, aquí están los 4 evangelistas, y si te fijas bien, verás que están representados por sendos símbolos para ser reconocidos en el Lenguaje Universal Alquímico. Fueron ellos los que escribieron el sumario de mi defendido y en dichos símbolos se encierra la clave de su defensa.

         Mi amigo observó minuciosamente las cuatro figuras, y después de haberlas inspeccionado largamente me dijo:

         —¡Chico!, ¡Yo no encuentro nada de particular en ellas! ¡Todas me parecen iguales!

         Yo volví a insistir en que continuara observándolas con atención, remarcando su importancia como legado universal común a todas las filosofías del mundo:

         —Estas piedras «hablan» por sí solas, y fueron elegidas por mi defendido como referencia de los 4 elementos del universo de los que ellos deberían servirse para escribir toda su vida, y evitar de ese modo que los hombres pudiesen desvirtuar nada de lo que el dijo; por ejemplo cuando afirmó una y otra vez que su reino no era de este mundo y que su padre estaba en el cielo.

         Antes de que pudiese proseguir con la explicación, Jonatán exclamó:

         —¡Esto parece un misterio!

         —Mira —le respondí—, uno tiene un león, el otro un toro, el tercero un águila y el último un libro y una copa. Este último representa al hombre en la Era de Acuario y levanta con su mano la copa que contiene el «agua de vida eterna» (Jn, 4, 14; y Ap. 21, 6; 22, 1 y 17), donde el hombre sabe hacer todas las mezclas con la materia por conocer el libro de instrucciones que le permite realizar dichos trabajos alquímicos. La figura acompañada del toro simboliza la nobleza y bravura de este animal, pero al que se le engaña con un simple trapo rojo; algo semejante a lo que le ocurre al hombre respecto a sus ideales políticos y religiosos, que terminan por llevarlo al «matadero» engañado por sus propios peones. La tercera figura viene representada por un león cuyo significado es el poder y los imperios que los hombres «defienden con uñas y dientes», y también se refiere al oro. Y nos queda el que posee el águila, símbolo de la imaginación creadora del hombre y del aire, capaz de superar todas las fronteras físicas. Por eso eligió mi defendido a estos 4 Evangelistas para que escribieran los textos que relatan su vida y obra, que conocemos como Evangelios. Ahora nos toca a nosotros revisarlos uno a uno, separando la verdad de la mentira que hay en ellos, tal como lo hacen los químicos y físicos de nuestro tiempo con la materia.

         —Pero, ¡Sí esta iglesia tiene menos de doscientos años! ¿No querrás decirme que los que la construyeron eran alquimistas verdad?

         —No, estos eran constructores que nada sabían de Alquimia, y es muy posible que ni siquiera hubiesen oído hablar nunca de ella; pero esto no niega necesariamente que lo hubiesen escrito, pues su misión principal consistía en copiarlos de unas catedrales a otras, tal como lo hacen nuestros actuales tipógrafos con los libros que escriben. ¡A propósito!, ¿sabes que las primeras cruzadas fueron fundadas por nueve caballeros franceses?, ¿que además fundaron también la Orden de los Templarios?, ¿y qué se trajeron del Templo un gran secreto para construir las catedrales?. Pues a ellos mismos debemos también el que llegaran a nosotros las Letras de Cambio y otras cosas de gran valor para el progreso de nuestra civilización. Por si esto fuera poco, existe una leyenda que les adjudica el haber traído del «Templo de Salomón» (1R. 5, 6, y 7) unas tablas llamadas «el Sello de Salomón».

         —¿Cómo sabes tú todo eso? —preguntó mi amigo con gran curiosidad.

         —Ya te lo contaré cuando termine el juicio —le contesté.

         Jonatán quedó visiblemente desilusionado con esta respuesta, pues esperaba que le contase el secreto de los nueve caballeros y el Sello de Salomón. Luego continuó diciendo:

         —Yo ya sé que las catedrales son libros de piedra, pero solo hablan de Dios y sus santos, y no consigo entender porqué los sacerdotes católicos no han transmitido todavía a sus feligreses que los Cuatro Evangelistas representan a los 4 elementos del universo, ¡No pueden estar tan ciegos! ¿Podrías explicarme ahora esto?

         —Sí te lo cuento ahora el Jurado no se enteraría; en cambio, cuando mi defendido explique todo esto ante el ellos y el Juez, se convertirán en testigos directos de su defensa. Yo lo único que puedo hacer es ponerte sobre aviso para que prepares adecuadamente el interrogatorio y sepas como fiscal, descifrar el lenguaje que ellos hablan, pues te pondrán enigmas y parábolas que tendrás que explicar al Jurado.

         —Quieres decirme que ellos me van a hablar en una lengua extranjera —acariciándose la barba y chasqueando los dedos de la mano izquierda— ¡Bien!, pero vendrán acompañados de un interprete para traducir lo que digan; ¿no es así?

         —¡No!, —le respondí de forma contundente— ya te he dicho que deberás adivinar su mensaje.

         —Sigo sin comprender —manifestó él con gesto algo apurado— ¡Ya sabes que el único idioma que conozco es el español!

         —No importa, te lo aclararé cuantas veces sea necesario —le respondí haciendo un acopio de paciencia—. El expediente que tienes entre manos está lleno de parábolas que dijo mi defendido con un lenguaje oculto y enseñaba aparte a sus 12 elegidos para que comprendiesen lo que les quería decir. Por eso los católicos nunca han sabido descifrar este lenguaje y se han limitado únicamente a copiar y repetir los escritos, manteniendo así al hombre entre tinieblas.

         —Entonces, ¡Esto se pone más difícil de lo que pensaba! —contestó mostrando cierta preocupación.

         —¡No lo creas!, mi defendido dijo bien claro que buscasen y le siguiesen para que el pudiera enseñarles. Pero los religiosos se empeñan en no querer escuchar y van detrás de la muerte que les aleja cada vez más de la luz.

         Tras estas palabras hicimos una pausa en nuestro diálogo, y continuamos andando mientras observábamos el ajetreado caminar de la gente moviéndose de un lado para otro sin enterarse de que el último jinete del Apocalipsis se estaba paseando ya por la Tierra: «...“...11 Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama ‘Fiel’ y ‘Veraz’; y juzga y combate con justicia...”...» (Ap. 19, 11-21). Los hombres oyen pero no escuchan; ven pero tampoco distinguen; son como muertos mirando lo que les rodea, y se esconden tras una máscara de hipocresía cuya falsa sonrisa encubre un odio letal. De ahí que dijera mi defendido: «...60...“Deja que los muertos entierren a sus muertos...”...» (Lc. 9, 59-60).

         Esta última frase la dije de viva voz y seguidamente pregunté a mi amigo:

         —¿Qué crees tu que quiso decir? y ¿a quien se refería?

         —No sé a quien podría referirse...—me contestó con gesto de duda.

         Yo, haciéndole una señal con la mano, le indiqué hacia la gente y le dije:

         ——¡Ves!, todos estos llevan dentro de sí una «bestia», y cuando terminen los «carnavales» y se caigan las caretas, más de uno maldecirá el día en que nació y buscará la muerte, pero ella huirá de ellos; esto está también en el expediente.

         Jonatán que escuchaba muy serio, me confesó que no comprendía nada; y yo intenté tranquilizarlo diciéndole:

         —No te preocupes, conforme avance el juicio irás comprendiendo y al final lo verás todo claro.

         —Y, ¿cuando será eso? —me preguntó.

         —Ya falta poco para que ocurra —le respondí.

         —¿Estás seguro de lo que dices? —mirándome con asombro.

         —Sí, igual ratifica todo esto mi defendido con sus declaraciones, mañana mismo...

         Mi amigo esbozó una sonrisa y cambiando de tema me dijo:

         —¿Qué te parece si vamos a dar un paseo en lancha y visitamos a la muerte?

         —¡Vamos! —acepté sorprendido por su proposición y encogiendo los hombros.

         Mientras subíamos a una lancha que se dedicaba a llevar gente para visitar el barco de guerra, Jonatán me comentó:

         —¡Mira!, ¡Hasta la muerte se ha montado un negocio antes de que comience su actuación! ¡Y los hombres pagan para ver a su matador como ya lo hicieran los romanos en su tiempo cuando montaban los espectáculos del circo con leones que se alimentaban de sus propios hijos, eligiendo al león de mayor fiereza para sus apuestas, de jugar por aquel que más esclavos devorase! Pero lo que ellos no sabían era que acabarían también en el circo siendo carne de los leones; y si alguien se lo hubiese advertido con antelación no te quepa duda de que se hubiesen burlado de él. Lo cierto es que la historia ha sido juez y testigo, demostrando que aquellos que se burlaron terminaron del mismo modo. Actualmente vivimos un situación muy similar, solo que con un «decorado» distinto; los leones de antaño han sido reemplazados por cañones, tanques, barcos y aviones de guerra. Pero su función sigue siendo muy semejante a la de los gladiadores de aquel tiempo, al hacer ostentación de fuerza exhibiendo sus músculos y armas; del mismo modo, con los desfiles militares actuales enseñan a los hombres las armas con las que serán sacrificados a los dioses.

         Mi amigo, mirando otra vez al barco de guerra dijo:

         —¡Sí!, tienes razón; los hombres adoran y rinden pleitesía a las armas que les van a ejecutar y sin embargo desprecian al hombre prudente que les advierte del peligro; luego, cuando menos lo esperan, la muerte los destruye y entonces de nada valen las lamentaciones.

         —Has dicho bien —le contesté— pero fíjate lo que has dicho a cerca del hombre prudente, que es el despreciado por todos porque les advierte del peligro. Ahora si observas quienes manejan el negocio de las armas comprobarás como son ellos mismos los que han enviado una paloma como símbolo de paz con los hombres y sin embargo no dejan de exhibir su potencial armamentista, desafiando constantemente a esa paz que tanto pregonan. Lo que no saben es que la auténtica paz cuenta con un arma mucho más potente que las del hombre; un arma que el hombre desconoce y que se llama Justicia. Por eso dijo mi defendido que los perseguidos por la ley serían hartos de justicia. A continuación voy a explicarte con más detalle lo que representan las armas modernas: Los cañones y tanques son las manifestaciones actuales de los escorpiones que relata el Apocalipsis: «...9 tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; 10 tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones...» (Ap. 9,1-11); y están enviados por Marte, dios de la guerra cuyo símbolo es el carnero, y rige la constelación zodiacal de Aries que es una de las tres constelaciones de fuego; en cuanto a los barcos de guerra, son las armas de Neptuno, el dios de los mares cuyo símbolo es el tridente y rige la constelación de agua, Piscis; y nos quedan los aviones o ejército del aire, enviados por Júpiter cuyo símbolo es la flecha y rige la constelación de fuego, Sagitario.

         Cuando terminé de pronunciar estas palabras observé que mi amigo estaba haciendo un dibujo en su libreta; y una vez terminado me lo enseñó diciendo:

         —¿Es esto lo que acabas de decirme

         —¡Vaya! —felizmente sorprendido— ¡veo que aprendes rápidamente el lenguaje de los símbolos! ¡Ves como una imagen vale más que mil palabras! Nuestros antepasados nos lo dejaron todo en imágenes para que pudiésemos comprenderlos sin necesidad de conocer su idioma; con simples dibujos sobre las ideas que querían expresar.

         Jonatán había dibujado un triángulo en cuyos vértices situó los símbolos de las constelaciones que acababa de nombrar, percatándose enseguida de que una de ellas no encajaba:

         —¡Aquí hay un símbolo que no encaja!, ¡y es el agua!; y el signo que no has nombrado es el tercer signo de fuego, Leo, con el cual queda completo el triángulo, mientras el que hay que quitar es el de agua.

         —¡Efectivamente!, falta el signo de Leo —le contesté con una sonrisa— símbolo del oro por el cual se matan los hombres, al ser utilizado por los dioses como cebo para engañarles y poder jugar así con sus armas. Veo que has aprendido la lección, pues acabas de resolver esto que te he puesto como un problema sin tu saberlo, para comprobar sí de verdad eras inteligente. Ahora que ya tienes completo el triángulo, puedes poner a cada signo el número de su casa correspondiente: Aries con la casa 1 representado por el carnero o becerro de oro; Leo para la casa 5, representado por el sol como fuente de vida para nuestro planeta, símbolo de dios en el lenguaje religioso de todo el mundo, incluso para los cristianos que lo identificaron con Cristo, y visto también como cetro de los reyes y gobernantes de los hombres; y Sagitario que le corresponde la casa 9, representa al dios de dioses, poseedor de toda la sabiduría e inteligencia, además del poder del reino del fuego, fuego original del mundo de los espíritus que dan vida a todo el Universo. Si observas verás que son tres personajes distintos, pero uno el que es cabeza para los otros dos. Y este número 3 es clave para resolver todo el lenguaje de los símbolos, porque 3 son las personas de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) para los cristianos y tres son también los atributos de Hermes Trimegistro que significa tres veces grande. Ahora si sustituimos los tres números anteriores por sus letras correspondientes, obtenemos la letra A para Aries, la E para Leo, y la I para Sagitario; curiosamente coinciden con las vocales que los niños en todos los idiomas pronuncian por primera vez: AEI; y al sumarlas nos da la cifra 15 que en las láminas del Tarot pertenece a Satán, príncipe de este mundo. Como habrás podido comprobar, todas las filosofías del mundo hacen referencia de una u otra forma a este símbolo de fuego, pero diciendo únicamente de él que es el espíritu universal; sin dar más explicaciones que convenzan. Por eso les dijo mi defendido que El les haría libres: «...31...“Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, 32 y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.”...» (Jn. 8, 31-32); que cada uno se salvaría según su Fe: «...31...“Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible.”...» (Mt. 17, 20) . Aunque les advirtió también que los pastores intentan robarse las ovejas los unos a los otros: «...8 “Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon.”...» (Jn. 10, 8), por lo que sentenció diciendo: «...25...“Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir...”...» (Mt. 12, 25).

         Jonatán continuaba mirando al barco de guerra al que nuestra lancha se aproximaba para facilitar su visión. En esto, dijo:

         —Tienes razón al decir que los hombres son simples peones, pues esa es la impresión que me dan todos estos marineros cuando les veo desfilar como marionetas, manejadas por 4 jefes para los que sus soldados representan todo un orgullo.

         —Tu lo has dicho, son simples muñecos que los jefes y gobernantes llevan a la muerte cuando se les antoja, matándose sin saber porqué lo hacen, sin acordarse siquiera de defender lo que es más suyo: su propia vida. Por eso los verás como autómatas en sus desfiles, y no como hombres libres; y si los hombres son robots para estos jefes militares, cuanto más no lo serán para los dioses que decidirán siempre sobre ellos por mucho que se empeñen en creer lo contrario. Esto fue lo que quiso decir mi defendido cuando manifestó: «...11 Rey en mi cólera te doy, y te lo quito en mi furor...» (Os. 13, 11). Y la prueba más evidente la tenemos en las religiones; sirva como ejemplo más próximo el cristianismo, donde todos tienen que hacer lo que les mandan las jerarquías eclesiásticas.

         —Sin embargo, si no hubiera mandos este mundo sería un caos —puntualizó mi amigo.

         —¡Ciertamente!, —le respondí yo— y eso también lo contempló mi defendido cuando dijo: «...9 “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor....”...» (Mt. 36, 9). De ese modo quería hacernos ver que si el hombre no tiene quien lo guíe y le enseñe, él es incapaz de hacer nada solo. Lo comprenderás mejor con el ejemplo que te voy a poner: Las tribus de África hasta hace unos cien años vivían en la Edad de Piedra como salvajes, rindiendo culto a dioses y brujos, según el punto de vista cristiano. Pero resulta que mientras estos mantenían una relación de armonía con la naturaleza, nosotros que nos consideramos civilizados, lo único que hemos logrado ha sido destruir nuestro entorno natural; y todo por querer enriquecernos. Además, nos enorgullecemos de tener un Dios muy bueno, pero todo el que no adora a este Dios es condenado a muerte o excomulgado por los sacerdotes de su religión; de ahí esta otra frase de mi defendido: «...9 “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama...”...» (Mt. 12, 30). El sabía muy bien que los únicos que entenderían y cumplirían estas palabras «al pie de la letra» serían los gentiles, como así nos lo demuestra la historia.

         —¿Sabes que tu defendido es un enigma? Tan pronto parece un profeta, como más tarde se nos presenta en forma Divina o incluso toma la imagen del mismo Diablo.

         —Sí, —echándome una carcajada— si tu y yo que estamos fuera del juicio pudiendo dialogar tranquilamente y nos resulta tan misterioso, ¿cómo crees que se lo tomarán entonces los Señores del Jurado cuando tengan que emitir su veredicto? Lo más seguro es que al carecer de un guía que los oriente en ese debate que se establecerá entre ellos, cada uno trate de dar un veredicto de acuerdo a su «maestro espiritual» sin hacer caso a la razón o el sentido común, pues están ciegos y sordos. Y por mucho que intente mi defendido demostrarles quien es en realidad, es muy posible que vuelvan a condenarlo a muerte como hace 1986 años, con la excusa ahora de que es Satán o el Demonio; serían capaces de tenerlo así en la cruz eternamente.

         Jonatán me miró abiertamente a los ojos y con gran convencimiento en sus palabras expresó

         —Tienes toda la razón, el hombre es malo desde el mismo instante en que nace y el que es bueno no puede vivir por estar rodeado de espinos que le impiden crecer; pero su simiente permanecerá en la tierra hasta que los hombres se den cuenta de que el único modo de que esta semilla germine y su planta pueda ser vista por todos es quitándole los espinos. Cuanto más demore el hombre este trabajo, más duras y penetrantes serán las espinas y mayores las heridas que le causen.

         —Déjame contarte ahora lo que hizo un rey español al ver que su reino estaba en peligro —le dije:

 

         «Estando en situación tan apurada, fue a pedir consejo donde un ermitaño al que le contó el caso. El ermitaño, que se encontraba podando un árbol en ese momento, luego de escuchar atentamente todo lo que el rey dijo, le respondió con esta pregunta:

         —“¿Ves lo que estoy haciendo con este árbol?

         El rey le contestó que si, dándole a entender que había comprendido el mensaje, y se despidió de él poniendo así fin a su fugaz entrevista.Cuando el rey llegó a su palacio reunió a todos sus caballeros para comunicarles la idea que había tenido a raíz de su visita con el ermitaño:

         —“¡Voy construir una campana tan grande que se oirá en toda España!”

         Cuando los caballeros escucharon esto comenzaron a hacer comentarios poniendo en duda el sano juicio del rey, pues ni aún juntando todo el bronce del reino se podría fundir tamaña campana. Fueron pasando los días y todos se reían de la locura del rey mientras este les recordaba un día tras otro su pretensión...Así has que después de algunos meses, el rey volvió a reunir a toda la corte y alcaldes del reino diciéndoles:

         —“¡Señores! ¡Vamos a ver la campana!”

         Todos se quedaron sorprendidos de lo que acababan de escuchar mirándose unos a otros con cara de circunstancias; pero lo que de verdad les dejó atónitos y a la vez horrorizados fue el dantesco espectáculo que presenciaron después. Aceptando ansiosos la invitación del rey de ver la campana, acompañaron a éste hasta los sótanos del castillo; una vez allí, el rey mandó abrir la puerta cediendo el paso a sus perplejos invitados mientras les decía con una sonrisa irónica:

         —“¡Aquí tienen la campana!”.

         Los ojos de los asistentes se clavaron llenos de pánico en el centro del sótano, donde un circulo de cabezas cortadas y colocadas cuidadosamente en el suelo, rodeaban a otra que pertenecía al jefe.»

 

         Seguidamente, y tratando de anticiparme a la respuesta de Jonatán y justificar lo que le había contado añadí:

         —Ya se que me vas a decir que esto que te he contado es una leyenda y tiene por título La campana de Huesca, pero creo que puede servir como parábola que encierra mucho de verdad para los tiempos actuales. Hoy estamos en la era en que los gobiernos no son capaces de gobernar pues están a merced de fenómenos como la violencia, el terrorismo, la droga, el robo y la injusticia que son los auténticos señores de nuestro mundo. Y todo esto resulta tan evidente que nadie lo puede negar, pero ocurre también como ya vaticinó mi defendido, que se nos volvería el corazón de piedra, y no tienes más que echar una simple mirada a la calle para comprobar esto; estamos viendo diariamente que roban a ciudadanos indefensos mientras los otros ciudadanos pasan de largo sin intervenir lo más mínimo para impedirlo y diciéndose entre ellos: «¡Déjalo! ¡No te metas donde no te llaman!».

         —Es cierto —me contestó Jonatan— ya lo dijo tu defendido; cuando viésemos imperar la injusticia el crimen se convertiría en el dueño de este mundo; también dijo que estuviésemos alerta, que el tiempo estaba cerca y que todo esto iba a ocurrir.

         —Sí, todo esto tenía que suceder necesariamente en nuestro tiempo —le respondí—, pero voy a ponerte una ejemplo más para que podamos comprender mejor todo el alcance de sus palabras: Sabes que una manzana podrida en el canasto de las sanas termina por pudrir a todas, sin que ocurra nunca el proceso inverso; esto es, que las manzanas sanas logren sanar a la podrida. Trasladados estos ejemplos a nuestra sociedad, la manzana podrida que en este caso es el delincuente, está desgraciadamente más amparada que el ciudadano honrado; y el único modo de invertir la situación se nos muestra bien claro en el ejemplo del rey que hizo quitar todo lo malo de su reino. Lo que sucede es que el hombre no distingue a los buenos de los malos y «el bien», que no es violento, es a menudo sometido por la violencia del «mal» que al final se adueña de la casa del bueno, y a éste, lo convierte en su esclavo.

         —¿Cómo se puede arreglar esto? —mirándome muy pensativo.

         —Esto lo tiene que arreglar el propio hombre; ¡que no espere que le va venir nada del cielo a solucionar los problemas que él mismo se crea!

         —Me da la impresión —asintiendo con la cabeza—, que si los dioses no intervienen la suerte del hombre está ya echada; y puede que sea ésta la última vez que el hombre juegue en este planeta. Porque según como se están desarrollando los acontecimientos, con la Sexta Flota Americana paseándose por el mar Mediterráneo y provocando al pueblo árabe, observo que el hombre tiene hecho un pacto con la muerte y está desafiando a la vida. Y me pregunto: ¿Cómo es que no reaccionan los gobiernos de Europa ante el peligro de una tercera guerra mundial? ¡Me gustaría saber las medidas que tomarían los Americanos si la Flota Rusa se paseara por sus aguas juridiscionales desafiándolos!

         —¡Imagínatelo! —le respondí— si ahora que están en un mar que no es suyo actúan así, ¿qué no harían en el caso que tu planteas? ¡No quiero ni pensarlo!

         En esto, arribó la lancha al puerto y desembarcamos para dirigirnos al hotel, pues ya era hora de cenar. Una vez en el comedor, cenamos en silencio sin que ninguno de los dos hablara una sola palabra; solo se escuchaban las noticias del televisor que en ese momento transmitía el atentado ocurrido en Madrid donde era asesinado un almirante de la armada, descendiente de Cristobal Colón. Entonces Jonatan me preguntó:

         —¿Sabes hasta cuando permanecerá el crimen siendo dueño de este mundo?

         —Si no estoy equivocado, dentro de muy poco tiempo habrá llegado a su fin —le respondí.

         —¿De verdad crees eso? —insistió mi amigo.

         —¡Sí! —le contesté con firmeza— pero mañana, cuando interrogues a mi defendido te enterarás de todo. Y verás como los Señores del Jurado se escandalizan, tras escuchar horrorizados sus palabras; estaban acostumbrados a ser los inefables en materia de Dios, pero cuando se enteren de la verdad quedarán como petrificados...

         —¿Tu sabes quién es tu defendido? —me siguió preguntando.

         —¡Sí!, pero no te lo puedo decir; no se sabrá hasta el final del Juicio. Por eso te repito que es importante que sepas hacer bien las preguntas para que Él pueda cotestarte de un modo comprensible para los Señores del Jurado.

         Jonatán, aceptando de buen grado mi respuesta sacó un cigarrillo del bolsillo y me lo ofreció diciéndome:

         —¡Oye! ¿Por qué no me explicas lo que significan los señores que conforman el tribunal?

         —¡Está bien! —le contesté como quien concede un privilegio— ¡A ti de lo explicaré! Como habrás visto, el tribunal se compone de 12 príncipes repartidos a derecha e izquierda. Los de la derecha son los hijos de Ismael, hijos del desierto llamados también Islámicos o Arabes, cuyo símbolo es la media luna. Los situados al la izquierda del Señor Juez son los 12 hijos de Jacob cuyo símbolo es el sol que representa también al fuego; esto ya lo aclaramos suficientemente antes y no lo voy a volver a repetir. Ismael es el hijo primogénito de Abraham, cuya madre es la egipcia Agar: «...15 “Agar dio a luz un hijo a Abram, y Abram llamó al hijo que Agar le había dado Ismael...”...» (Gn.16, 15; 21, 1-20; y 25, 12-18); como ves, aquí tenemos el elemento del agua, símbolo femenino representado por la luna y que hace referencia también al mundo de las tinieblas o las 12 horas de la noche. Todos estos símbolos tienen una interpretación y son conocidos entre las religiones del mundo. En cuanto a los 12 hijos de Jacob, nieto de Abraham, significan en cambio las 12 horas diurnas y los 12 signos del Zodíaco. Podríamos decir por tanto que estamos ante un gran reloj cósmico compuesto por 12 horas diurnas y otras 12 nocturnas que completan un día terrestre de 24 horas. Pero representan además los 4 elementos que nos rodean: Fuego, Aire, Agua y Tierra; y son los símbolos correspondientes a cada uno de los 4 Evangelistas que también tienen su lugar en la sala de la audiencia. El Juez es el anciano o anciano de los días, porque representa al tiempo, como si fuese la columna de un reloj de sol que indica las horas; es también el patriarca Abraham, juez de las tribus de Israel que fue reputado por justicia; y además de todo ello se le considera como el Juez Supremo. Está sentado en un sillón a cuyos lados se levantan otras dos columnas: Una a su derecha, de color negro y llamada Boaz; y otra en el lado izquierdo y de color blanco que tiene por nombre Jakin. Encima de su mesa tiene a su izquierda la balanza con una pluma y la derecha las Tablas de la Ley que significan la Justicia. Pasando a la mesa del Señor Fiscal, vemos que está representada por un carnero, símbolo de Aries o del dios Marte y hace referencia a la raza aria que es la nuestra. Y de aquí, nos vamos a otro extremo, a la mesa del Abogado Defensor donde encontramos una Piedra Cúbica llena de símbolos que representan al lenguaje de los Cabalistas y los Alquimistas.

         Jonatán que seguía toda mi exposición como quien no se quiere perder un solo detalle, me volvió a preguntar:

         —Y ¿Quienes son los 72 ancianos que están detrás de nosotros?

         —Estos «setenta y dos» (Lc. 10) ancianos representan a toda la humanidad en espera de que el Juez haga justicia -le respondí.

         Satisfecha su curiosidad, mi amigo y yo guardamos un momento de silencio; después, él me dijo:

         —¡Bueno! —escapándosele un bostezo de sueño— vamos a dormir que mañana tendremos suficiente trabajo del que discutir. Diciendo esto se levantó y se dirigió a su habitación. Yo me quedé un rato más, pensativo, con la mirada perdida en el horizonte estrellado de la noche que aparecía tras la amplia ventana del comedor, recreándome en las imágenes que me venían acerca de cómo habría de desarrollarse la segunda parte de este singular juicio.

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